136 Dos días después de la partida desde Yurimaguas, los viajeros avistaron, felices, el río Mayo, y todo el verde valle que riegan sus aguas. Por ese valle, conocido como el valle del Alto Mayo, discurría, a veces apacible y de vez en cuando furioso, el río Mayo, en cuyas orillas se situaba la antigua ciudad de Moyobamba, fundada casi al mismo tiempo que la capital Lima, creada en 1533, mientras que Moyobamba fue fundada siete años después, en 1540. Se notaba un cambio en los rostros de doña Grimanesa y de don Miguel, lucían tristes, como un atardecer lluvioso en el bosque amazónico. Fueron cinco horas alegres que vivieron sobre todo Pamelita, Miguelina y sus dos hermanos en la vieja ciudad, cercada de hondos barrancos, resultado de un cataclismo sísmico ocurrido quizás hace miles de años. Mirando desde el puerto de Tahuishco el viaje serpenteante del río Mayo, Miguelina preguntó a su padre, don Miguel Acosta Sánchez, por qué la arquitectura de Moyobamba, de grandes casonas con paredes de tierra apisonada y techos de teja, sobre todo de la gente adinerada, no se parecían a las casas de Yurimaguas. —Es posible que tenga que ver con la economía. En Moyobamba y en todo el valle del Alto Mayo la gente se dedica a la agricultura, es más sedentaria y, por lo tanto, construyen sus casas con la idea de que van a vivir en esas casas por mucho tiempo, ellos y sus descendientes. En cambio, en Yurimaguas y toda la Baja Amazonía, la economía es recolectora y la gente está trasladándose permanentemente, siguiendo los ciclos de la economía, de las materias primas. La economía recolectora hace que la gente de la Baja Amazonía sean personas trashumantes, por eso sus casas son provisionales, porque van a vivir poco tiempo en ellas —explicó don Miguel Acosta Sánchez. A Pamelita, Miguelina y sus dos hermanos les dio tiempo para darse un chapuzón en las aguas termales moyobambinas, pero toda la alegría y felicidad del grupo pareció congelarse cuando don Miguel Acosta Sánchez se dirigió a los dos cargadores lamistas, don Tobías Pinchi y don Elías Ojanama, con estas palabras:
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