131 El banquete, preparado bajo la dirección de doña Grimanesa, contaba además con algunos bocadillos de los más apetecibles de la culinaria amazónica, por sus poderes nutritivos y alimenticios: suris fritos, huevos de taricaya, cupiso y charapa y sicsapas tostadas. Por eso, cuando por fin llegó la hora del almuerzo, la multitud de invitados no solo había tragado saliva, mientras sus intestinos tronaban de alegría y ganas de comer, sino que a hurtadillas y en secreto, habían preparado bolsitas de tela y papel para guardar algunos trozos de aquellos exquisitos platillos amazónicos, mundialmente reconocidos por ser poderosos afrodisíacos de la eterna juventud. Fue al final del almuerzo, cuando todo el mundo ya saboreaba el masato, la chicha, el refresco de ungurahui, el jugo de maracuyá y el agua de coco, cuando Aristóteles Alegría, el querido profesor de Miguelina durante el quinto año de primaria, pidió a viva voz: —¡Que hable Miguelina! ¡Que hable Miguelina! Entonces, el centenar de invitados comenzó a repetir a gritos: —¡Que hable Miguelina! ¡Que hable Miguelina! Entonces, Miguelina miró a su madre y a su padre, como preguntándoles con la mirada no solo si estaban de acuerdo en que hablara, sino, sobre todo, por lo que tenía que decir. Se dirigió al gran círculo que habían formado sus amigas, amigos, parientes y todos los concurrentes. Sus manos estaban sudando. Empezó agradeciendo a sus queridas amigas y amigos por su presencia, a sus parientes, a sus padres por haber tenido la generosidad de organizar la celebración de su cumpleaños, contó también algunas anécdotas de su vida por Europa, y las razones de su retorno al Perú, a la Amazonía y a Yurimaguas. Pero el momento crucial de su discurso, que dejó muda a la multitud, y con chorritos de lágrimas cayendo de los ojos de los presentes, fue cuando exclamó con una voz ahogada de emoción: —El mejor y más maravilloso regalo de cumpleaños son ustedes, queridas amigas, queridos amigos, mis queridos parientes y mis amados padres. Su presencia, su amistad, su amor, me dará la fuerza humana para poder resistir la separación, la distancia, la soledad. Porque quiero decirles que
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