132 mañana en la madrugada viajaré a Lima para estudiar Derecho. Porque he decidido ser defensora de las mujeres, de los obreros, de los pueblos indígenas. Me voy, pero mi corazón, mi amistad, mi amor se quedará para siempre con ustedes, con Yurimaguas, con la Amazonía. Las últimas palabras del discurso las expresó con la voz quebrada y los ojos llenos de lágrimas. Toda la alegría de la celebración pareció haberse humedecido en el llanto de los invitados. El retorno de El Huallaguino a Yurimaguas fue una navegación por ríos de tristeza y silencio. A las cuatro de la mañana todo estaba listo para el largo viaje. También eran de la partida los dos hijos varones, hermanos menores de Miguelina, que la familia había decidido que también fueran a estudiar a Lima. Don Miguel Acosta Sánchez había decidido acompañar a los viajeros hasta Moyobamba, para luego regresar a Yurimaguas. Dos peones de Lamas, lamistas, de la más absoluta confianza de la familia, cargarían el equipaje, básicamente ropa, y otros dos las silletas donde madre e hija deberían ir sentadas a lo largo del viaje, sobre todo en los tramos cordilleranos, los más difíciles de la travesía. —Papito, te pido, por favor, dejar aquí en la casa las silletas. Yo renuncio a ir sentada y cargada en la espalda de don Tobías Pinchi. Es demasiado esfuerzo y sufrimiento para él, yo prefiero caminar. Tengo dieciocho años y la energía y la fuerza suficientes para caminar hasta el fin del mundo —expresó Miguelina con convicción y firmeza. Y antes de que don Miguel abriera la boca para responder a su hija, doña Grimanesa también exclamó: —Yo tampoco quiero ir cargada en esa silleta por don Elías Ojanama. No quiero seguir la costumbre de la gente que tiene dinero y que paga a un cargador lamista para que lo transporten en silletas. Ese trabajo es una tortura para un pobre hombre que tiene que subir y cruzar la cordillera, cargando sobre sus espaldas setenta y hasta cien kilos, a lo largo de centenares de kilómetros. Hay que desterrar esas costumbres que son formas de esclavitud —manifestó doña Grimanesa, levantando la voz.
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