130 a su amiga del alma en la celebración de su cumpleaños número dieciocho, y por esa razón pidió permiso en el convento de monjas, donde cursaba el tercer año de seminario, y había viajado tres días en compañía de su padre, para llegar a tiempo a la celebración del cumpleaños de Miguelina. «La presencia de Pamelita es para mí el mejor regalo de este cumpleaños», pensaba con alegría Miguelina, pero no lo dijo en voz alta para evitar celos y envidia entre sus amigas y amigos. Nunca antes el lago Cuipari había tenido tanta vida como ese 26 de noviembre, cuando Miguelina Aurora Acosta Cárdenas celebró en él sus dieciocho años. El Cuipari estaba crecido por las lluvias invernales, y los islotes de Victorias Regias y gramalotales navegaban en las aguas brunas, empujadas por el viento, y también por las decenas de muchachas y muchachos que competían apostando quién nadaba más rápido que un delfín rosado. Luego de las competencias acuáticas, que incluyó natación y conducción rápida de canoas, los grupos subieron al pueblo. Allí, la continuación del programa incluía partidos de fútbol, carreras de velocidad y de encostalados, además de concursos de puntería con flechas y danzas de los pueblos tupí-guaraníes. En todos los actos, a pedido de sus amigos y amigas, Miguelina era el centro del espectáculo, ya sea como madrina, como jueza del concurso o incluso como reina. En los pocos momentos que no presidía los eventos, Miguelina conversaba con su entrañable amiga. Poco después del mediodía, los olfatos y las pituitarias de los concurrentes al cumpleaños empezaron a estimularse al percibir provocadores olores que emanaban de la cocina donde, desde hacía varias horas, doña Grimanesa y don Miguel, acompañados de una decena de ayudantes, preparaban los potajes para el almuerzo: ahumados de pescados como el sábalo, la corvina, la palometa y la gamitana; asados de carne de animales de monte como picuros, venados, sajinos, huanganas y añujes, y de aves silvestres como perdices, pucacungas y paujiles, y otras delicias de la cocina amazónica, incluyendo las espirituosas y atrapadoras bebidas como el masato de yuca y de pijuayo, la chicha de maíz, la aguajina y el refresco de ungurahui.
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