129 —Hemos acordado con tu papá celebrar tu cumpleaños en el lago Cuipari. Tú, que amas tanto la naturaleza, queremos que te despidas pasando tu cumpleaños en el mismo corazón de la Amazonía, para que no te olvides nunca de ella, ni ella de ti —le dijo su madre a punto de sollozar. Y antes de que Miguelina reaccionara, doña Grimanesa agregó: —Vamos a alquilar una lancha para que vengan a Cuipari todas tus amigas que quieran estar en la celebración. Miguelina casi no podía creer lo que su madre le estaba anunciando. Muda de emoción, se abalanzó sobre doña Grimanesa, estallando de alegría. Luego corrió a la oficina donde su padre, don Miguel Acosta Sánchez, estaba trabajando y le dijo, casi a gritos: —Gracias, papito, por esa maravillosa idea. Mi mamita me acaba de contar que tú y ella han acordado celebrar mi cumpleaños en el Cuipari —se dieron un gran abrazo y su padre le exclamó efusivo —: Hijita, tú te mereces todo eso y mucho más por lo que eres, y porque te amamos. A partir de ese día cortó sus entrevistas con los ancianos y ancianas de Yurimaguas, y también suspendió otras actividades con sus amigas y amigos, y se dedicó a tiempo completo a escribir el cuarto y último capítulo de su libro Peregrinaciones de una amazónica. Al amanecer del 26 de noviembre, mientras la multitud de amigas, amigos y parientes subían a la lancha El Huallaguino, Miguelina se llevó la mayor sorpresa de su vida, una escena que se quedaría para siempre grabada en su memoria, y en su corazón de dieciocho años: desde el segundo piso de la lancha, mientras ella abordaba caminando por la plancha de madera que hacía de puente de embarque, escuchó una voz, cuyo registro estaba grabado en su memoria, y en su corazón: —Miguelinita, soy yo, Pamelita. Miguelina subió corriendo al segundo piso de la lancha y ocurrió el gran reencuentro. Ambas amigas se abrazaron y lloraron copiosamente. Pamelita Apagüeño contó a sus amigos que había decidido acompañar
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