Miguelina

128 «¡Cuánto ha cambiado la vida!», pensó y recordaba que solo hace cuatro años, al atardecer, los puertos eran hormigueros de gente. Decenas de hombres cargaban racimos de plátanos y sacos de yuca, y las mujeres, esbeltas como palmeras, llevaban en sus cabezas, con sus humallinas puestas, bandejas con pescados. Había en la atmósfera, en el viento, un olor a vida. Ahora hay menos gente y todos están tristes, pensó. Como acostumbraba desde niña, al amanecer caminaba por su huerta y allí, entre los viejos y grandes árboles de zapote, taperiba, caimito, pomarrosas, mangos y sachamangos, abrazaba a los gordos troncos y les hablaba: —Me estoy despidiendo de ustedes, porque presiento en mi corazón que ya no les volveré a ver —les decía a los árboles, agregando: —Siempre pensaré en ustedes, pero también ustedes me tienen que enviar mensajes, diciéndome que no me han olvidado —les pidió con tono suplicante. Conforme se acercaba la fecha del viaje, Miguelina también estaba cambiando. Su airosa figura juvenil y sus grandes ojos pardos que acaparaban la atención de los jóvenes como la miel a las abejas, o los néctares de las rosas a los picaflores, estaban como marchitos. Hablaba poco y lucía triste. —Miguelinita, has cambiado mucho. Cuando llegamos de Europa, toda era risa y alegría. Ahora todo es silencio y hasta tristeza —le dijo con un tono de preocupación su madre, doña Grimanesa. — ¿Qué te está pasando? —le preguntó. Miguelina miró a su madre con ternura, lanzando un profundo suspiro, pero se mantuvo en silencio. Su madre se le acercó y la apachurró de abrazos. «No voy a decirle a mi madre ni a mi padre lo que estoy sintiendo. No sé por qué siento que ya no volveré a la Amazonía, que me estoy yendo para siempre», pensó. Faltando dos semanas para el día de su cumpleaños, su madre le sorprendió con una noticia inesperada:

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