127 estar al lado de su esposo, don Miguel Acosta Sánchez que, conforme pasaban los años y envejecía, ya no soportaba la soledad, y necesitaba la compañía del amor de toda su vida. Fijada la fecha del viaje a Lima, el 27 de noviembre, un día después de la celebración de su cumpleaños, Miguelina se trazó un plan de trabajo riguroso e intenso para esos días: luego del desayuno, a las siete de la mañana, trabajaría en su libro Peregrinaciones de una amazónica, desde las ocho de la mañana hasta el mediodía. Estaba ya cerrando el capítulo cuarto, el final del libro, sin embargo, un dilema le estaba quitando el sueño. Se preguntaba a sí misma: «Si el libro es la historia de mi vida, de mi destino, ¿cómo puede culminar ahora, en este momento, justo cuando estoy por empezar otra etapa decisiva de la construcción de mi destino?». Y pensó que quizás el capítulo final de su libro debía ser su estadía en Lima, sus estudios universitarios, su graduación y el inicio de su carrera como abogada, dedicada a defender a las mujeres, los obreros y los indígenas, hombres y mujeres, especialmente a los amazónicos. Por las tardes, durante cuatro horas después del almuerzo, visitaría a mujeres y hombres de mayor edad, a los ancianos y ancianas de Yurimaguas, para hacerles preguntas, pidiéndoles que le cuenten sus vidas. En realidad, lo que estaba haciendo Miguelina era escuchar, recoger y anotar, recuperando la memoria de su pueblo. Igual hacía con sus padres, a los que acribillaba de interrogantes. Es la mejor manera de enriquecer mi libro, pero mucho más que eso, se trata de enriquecer y construir mi vida, el presente y el futuro, mi destino, se decía a sí misma. El mundo había cambiado en solo cuatro años, reflexionó, mientras conversaba con sus amigas del colegio, que ahora tenían diecisiete o dieciocho años, con la diferencia de que Lola, Viviana, Carmen Julia, Alexandra y otras compañeras se habían casado y ya tenían hijos, o eran madres solteras. Mientras dialogaba con sus amigas tocaba su piedrita de corvina, recordando a Pamelita, que estaba encerrada en un convento para monjas en Chachapoyas. Por las tardes, luego de entrevistar a los ciudadanos más antiguos del pueblo, caminaba por los puertos del río Huallaga, meditando sobre la experiencia y sabiduría de los ancianos y ancianas de Yurimaguas, sus lecciones y enseñanzas.
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