Miguelina

126 Pero fue su madre, doña Grimanesa, quien dio la clave, la explicación de fondo del desinterés en su proyecto. —Miguelinita, aquí en Yurimaguas, en la Amazonía, y creo que en todo el Perú, se sigue pensando que las mujeres no debemos estudiar, que nuestra profesión y nuestro destino es solo ser madres, tener hijos, criarlos, atender al marido y hacer las tareas de la casa. Creen que estudiar y tener una profesión solo les corresponde a los varones. —¡Qué injusticia! —exclamó Miguelina, para luego agregar: —Esa manera de pensar es producto de la ignorancia. Pero después de unas semanas, la historia del colegio de señoritas cambió sorpresivamente, justo en el momento en que ya Miguelina había decidido abrir su escuela sin la autorización oficial del Ministerio de Educación, poniéndose ella al frente de la Dirección. Y fue su padre el artífice de la solución. Don Miguel había enviado en secreto un mensaje telegráfico a su primo, el abogado Aladino Acosta Reátegui, pidiéndole que hiciera la gestión correspondiente: la autorización para el funcionamiento del colegio de señoritas Flora Tristán, en homenaje a una de las mujeres que más admiraba Miguelina, además de su madre. Con la autorización oficial respectiva, las autoridades educativas de Yurimaguas le dieron su apoyo, y a dos meses de su retorno y el de su madre de Europa, uno de sus sueños ya se había hecho realidad. En adelante, estaba lista para concretar su segundo sueño: viajar a Lima, la ciudad capital que guardaba bajo siete llaves todo el poder del Perú: político, económico, social y cultural. Porque el Perú piensa, ordena, manda, viste y hasta se alimenta desde y como a Lima le creyera conveniente. Con el paso del tiempo, la familia Acosta Cárdenas empezó a preparar la futura partida de Miguelina. Cuando llegara el momento, también doña Grimanesa la acompañaría en el largo y difícil camino por tierra hasta el puerto de Salaverry, en el litoral peruano, y de allí por barco hasta el puerto del Callao. Doña Grimanesa se instalaría temporalmente en Lima con su hija, una ciudad desconocida para ambas, para acompañarla en sus primeras gestiones y en el camino que la llevaría a la Universidad de San Marcos. Luego, doña Grimanesa retornaría a Yurimaguas para

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