124 No terminaron de abandonar la lanchita cuando una multitud irrumpió en el puerto, gritando y portando pancartas con grandes letras que decían «¡Bienvenidas a casa, bienvenidas doña Grimanesa y Miguelina. Yurimaguas está de fiesta!», gritaba la multitud de jóvenes y muchachas. —Son tus compañeras y compañeros de promoción, que nunca se olvidaron de ti y te han venido a recibir —exclamó emocionado don Miguel Acosta Sánchez. Miguelina reconoció entre la apiñada multitud a varias de sus compañeras y compañeros de promoción de la escuela primaria. Sus grandes y hermosos ojos pardos se humedecieron y dos hilos de lágrimas escurrieron por su rostro. —Están casi todos los de tu promoción —dijo su madre, apuntando y mirando a cada uno de ellas y ellos —pero no veo a Pamelita Apagüeño. —No la vas a ver. Creo que has olvidado que ella ahora está en el convento de Chachapoyas, estudiando para ser monja —le hizo recordar a su madre con un tono triste en la voz. El diálogo entre madre e hija se cortó bruscamente porque las decenas de compañeras y compañeros de promoción, amigos y parientes formaron una cola para darles la bienvenida con efusivos besos y abrazos. Momentos después, la multitud, en una especie de caravana, repitiendo frases de bienvenida y cantando, acompañaron a las recién llegadas y también a don Miguel Acosta Sánchez, con dirección a su casa en el barrio de La Loma. La fiesta organizada para recibir a las viajeras congregó a casi todo el pueblo yurimagüino. Estaban presentes desde el obispo del Vicariato de Yurimaguas, el alcalde provincial y los concejales, el gobernador, los líderes y dirigentes de los barrios y pueblos cercanos y, por supuesto, los apus de los pueblos indígenas de Jeberos, Balsapuerto, Alchual Tipishca y otros pueblos y comunidades. Mirando a la multitud de invitados de todas las procedencias, gentes de la ciudad y del campo, de diversas profesiones y ocupaciones, hombres, mujeres y niños, por la mente de Miguelina cruzó el sueño y la ilusión de
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