Miguelina

123 años, mientras que ahora, con diecisiete, era toda una joven con un prometedor futuro por delante. Su vida ahora estaba llena de lecciones, enseñanzas y experiencias que le habían dado otra mirada sobre el mundo y la realidad en la que vivía. Hablaba, además de un correcto español, los idiomas francés y alemán a la perfección. Había conocido y vivido los cambios que experimentaba la sociedad occidental en Europa. Ella era parte de esos cambios, de esa modernidad; pero también, y pese al amor y la cercanía de su madre, doña Grimanesa, había vivido horas de soledad y tristeza interior, de sueños y pesadillas, porque los cambios no solo son externos en el ser humano y en la sociedad, la ciencia, la cultura, las costumbres; los cambios son también interiores, físicos, espirituales. Cambian el cuerpo y el alma. Sumida en estas reflexiones, navegando en sus recuerdos, no se había percatado de que la lancha en la que iban ya estaba sobrepasando la isla más cercana a Yurimaguas, y que después de doblar esa última curva del río ya podría admirar nuevamente a su querida «Perla del Huallaga». —Miguelinita, mira, ahí está Yurimaguas —exclamó feliz doña Grimanesa, y Miguelina pareció despertar de un sueño, recostada en los brazos paternos, recobrando la seguridad que su padre le daba con sus abrazos y caricias desde que tenía uso de razón, cuando ella tenía cuatro y cinco años. El puerto de La Loma al atardecer de inicios del verano no era el puerto que Miguelina recordaba de cuando había partido hacia Europa. Ahora había pocos botes y algunas lanchas, y la escasa gente que se encontraba realizando alguna actividad se mostraba con semblante serio y hasta triste. —¿Está pasando algo en Yurimaguas, papito? Hay poca gente en el puerto y además parecen muy preocupados —preguntó Miguelina. —La vida no es la misma que hace cuatro años, todo está cambiando en Yurimaguas y en toda la Amazonía. Hay preocupación por la competencia de las plantaciones de caucho que los ingleses están impulsando en Asia, y muchos comerciantes temen que pronto lleguen tiempos difíciles —le respondió su padre con tono serio.

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