122 —Voy a concentrarme a tiempo completo en mi libro en estos tres días que faltan para llegar a Iquitos —se prometió mientras se dirigía a su colpa, como llamaba al lugar donde escribía. Fue al amanecer que el Gregory acoderó en el puerto de Punchana, en el muelle de la Booth Line. Una multitud de gentes esperaban la autorización del capitán para subir al barco. Doña Grimanesa y Miguelina se habían puesto sus mejores galas para el gran reencuentro con don Miguel Acosta Sánchez, después de cuatro años de ausencia. Doña Grimanesa estaba radiante. Su medio siglo de vida parecía haberse transformado en una hermosa mujer de treinta años. Lucía una fina blusa francesa y una preciosa falda alemana con diseños de aves y flores. Por su lado, Miguelina, con sus diecisiete primaveras, vestía de acuerdo con el último grito de la moda para jóvenes estudiantes de Zúrich: un atuendo inspirado en el Art Nouveau en plena boga europea. Madre e hija estaban nerviosas. Cuando finalmente el capitán del Gregory dio la autorización para que todos los familiares y visitantes subieran al barco, se pusieron a temblar de emoción. Sus manos sudaban por el calor de Iquitos y por los ríos de emociones que las inundaban. Pero pasaron los minutos y don Miguel Acosta Sánchez no asomaba. Entretanto, decenas de pasajeros se abrazaban y lloraban de alegría al reencontrarse con hijas, esposas, hermanos, padres, novias y novios o simplemente amigos. Repentinamente, Miguelina sintió un leve toque en los hombros. Se sobresaltó y volteó el rostro, y su padre, con una sonrisa cargada de amor paternal, las juntó a ambas, hija y madre, y las abrazó durante una eternidad, los tres lloraron de felicidad. —Vamos, mis amores, no pararemos hasta llegar a Yurimaguas—, estalló don Miguel emocionado, con una voz, una fuerza y una musicalidad que Miguelina nunca más olvidó ni dejó de escuchar en su mente, sobre todo en los momentos más cruciales, difíciles y definitorios de su vida. Los tres días de navegación de Iquitos a Yurimaguas fueron para Miguelina como un viaje al fondo de su joven existencia. Recordó que cuatro años atrás, cuando partieron hacia Europa, era una niña de trece
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