Miguelina

119 para que no se topase con un pelejo o perezoso, que podía cutipar a la niña que estaba por llegar a este mundo, transmitiéndole sus garras, su lentitud y su pereza. Para Miguelina esas historias eran como oro en polvo, por el valor que le aportaba a su libro. Así, la presencia de su madre era tan útil e importante en el proceso de escritura, que llegó un momento en que doña Grimanesa no podía separarse de ella. A las tres semanas del viaje, Miguelina era otra muchacha: seria, concentrada, e incluso hablaba sola las pocas veces que su madre no estaba junto a ella. Por las noches soñaba que seguía escribiendo, continuando exactamente desde el mismo punto donde se había quedado el día anterior. Hablaba dormida y, con frecuencia, doña Grimanesa se despertaba al escuchar las preguntas que, aún dormida, le formulaba la sonámbula Miguelina. Una mañana, exactamente un mes después de haber zarpado del puerto de Liverpool, el capitán hizo un anuncio que hizo estallar de alegría a todo el barco: en dos horas más el Gregory entraría al gran río Amazonas. Los pasajeros se agolparon para mirar cómo las aguas habían cambiado de color, y hasta las aves ya no eran las mismas: sobre la superficie volaban patos y garzas y otras aves fluviales. —Miguelinita, estas aguas ya son las aguas del Amazonas, que penetran hasta doscientos kilómetros en el océano Atlántico —le dijo su madre, doña Grimanesa. Mientras los pasajeros lucían festivos y alegres, Miguelina mostraba un rostro serio, su mirada era tensa y sus gestos nerviosos. —Miguelinita, ¿qué ocurre? Deberías estar alegre. En tres días más estaremos en Iquitos y allí nos esperará tu papá —le interrogó su madre. —Lo que pasa, mamita, es que no he terminado de escribir el cuarto capítulo de mi libro como me había propuesto, y eso me tiene frustrada —respondió Miguelina, con un tono tenso y triste a la vez.

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