Miguelina

118 —Mamita, he leído en uno de los libros sobre los pueblos indígenas de la Amazonía precolombina que los tupí-guaraníes buscaron una Tierra sin Mal, un paraíso terrenal en la selva. ¿Has conversado sobre este tema con mi papá? —preguntó Miguelina a su madre. Entonces doña Grimanesa le narró una de las historias indígenas que más le fascinaba: los viajes, las travesías y las peregrinaciones de miles de hombres, mujeres y niños, a través de la Amazonía en busca de una Tierra sin Mal, un lugar que hace miles de años, en tiempos primordiales, era un mundo perfecto, sin injusticias ni dolor, pero el mal comportamiento de algunos hombres y mujeres había introducido el mal en este mundo. Sin embargo, los dioses y diosas habían anunciado que este mundo podría ser reconstruido y recuperado, por eso marchaban y peregrinaban los pueblos, para refundar la Tierra sin Mal. Miguelina escribía un promedio de ocho horas al día: cuatro horas por la mañana, después del desayuno, y cuatro horas por la tarde, luego del almuerzo. Casi siempre le pedía a su madre que le acompañara para formularle consultas, pedirle fechas y le recuerde datos que había olvidado. Así su madre le narraba episodios previos a su nacimiento como, por ejemplo, los antojos durante su embarazo por el umarí, cuyo olor, fragancia y sabor llegaron a ser una obsesión para doña Grimanesa. Y este no fue su único antojo, como se llama en la Amazonía a los bocadillos, frutas, pescados y otros potajes que capturan el apetito de las mujeres embarazadas. Tampoco podía vivir un solo día de su vida sin comer una palometa sudada y envuelta en hoja de bijao. Doña Grimanesa también le contó que solía pasar las horas y los días soñando con bañarse y navegar en el Huallaga, pero no lo podía hacer porque don Miguel Acosta Sánchez y toda la familia le habían prohibido acercarse al río para evitar que mirara al bufeo colorado, que cutipaba a los niños cuando aún estaban en el vientre de sus madres, y terminaban naciendo albinos o rubios igual que los bufeos colorados. También le habían prohibido pasear por la huerta y el bosque aledaños a la casa,

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