114 relación con amigos y amigas, y todos sus descubrimientos y hallazgos cotidianos y de observación que había hecho día a día. —Estás muy seria y pensativa, Miguelina, ¿estás triste por dejar Europa y a nuestros amigos? —le preguntó su madre, quebrando su silencio. —No estoy triste, mamita, más bien estoy muy contenta de volver al Perú. Lo que pasa es que tengo la cabeza llena de ideas, recuerdos y muchos acontecimientos que debo escribir —le respondió Miguelina. —Lo que pasa es que siempre estás pensando, tu cerebro no descansa. Por eso tu papá decía que te pareces a un tuku, esos buhitos que siempre están mirando para todas partes. Nada se les escapa de su mirada —comentó con cariño doña Grimanesa. Luego, recostadas en sus respectivas camas en el camarote, se pusieron a recordar y a hacer un recuento, una suerte de balance, de sus cuatro años por Europa. Y así, haciendo memoria de sus días más felices, y también de los más tristes, se fueron quedando dormidas. El día amaneció luminoso. El océano Atlántico, extrañamente quieto y apacible, brillaba como un espejo cósmico que reflejaba y retrataba a esa hora todo el universo. El Gregory parecía una cascarita de humarí, la rica fruta conocida como la mantequilla de la Amazonía, flotando sobre el espacio líquido. Después de servirse el desayuno en el comedor del barco, doña Grimanesa decidió dedicar algunas horas de la mañana a leer Viaje al centro de la Tierra, de uno de sus escritores favoritos, el francés Julio Verne, al que además ya podía leer en el idioma francés original. Por su lado, Miguelina había elegido para leer la sala de lectura del Gregory, el mismo lugar donde había leído Peregrinaciones de una paria, durante el viaje a Europa. Mientras reflexionaba sobre su libro, miraba el horizonte inagotable del mar, imaginándose las travesías que por ese océano hicieron muchos navegantes a lo largo y ancho de la historia. Pensaba en los viajes del portugués Vasco da Gama, en el viaje de Cristóbal Colón y de
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