106 Para Miguelina, así como para doña Grimanesa, uno de sus momentos favoritos de sus días en Zúrich era salir a dar una vuelta, como se dice en la Amazonía, por la ciudad en compañía de Javier Calvo de Araujo y Margarita Phillips, que era zuriquesa. Exploraban todos los recovecos de la vieja ciudad, se daban verdaderos banquetes gastronómicos y lagrimeaban como un motelito soñando con el retorno a Yurimaguas. Pero los días grises también empezaban a asomar. Miguelina se preguntaba con frecuencia por qué los profesores y profesoras ahora reían menos, y por qué las clases parecían sermones en una iglesia gótica. —Mamita, ¿qué está pasando con la gente en Zúrich? —le preguntó preocupada a doña Grimanesa, y antes de que ella responda agregó: —Noto que la gente cada vez sonríe menos y están más serios que nunca. En las calles, cuando he salido a comprar, he escuchado a la gente susurrar, hablar casi en secreto, de que se aproximan malos tiempos en Europa. He escuchado la palabra guerra —comentó Miguelina. El fin de semana, el domingo, invitaron a Javier Calvo de Araujo y a su novia Margarita Phillips a cenar, y durante los postres Miguelina soltó la pregunta a Javier: —Javier, estamos conversando y comentando con mi mamita sobre los cambios que estamos observando en la conducta de la gente. Hablan menos, casi en secreto, están serios y en las calles parece que caminan más rápido, como huyendo de alguien que los persigue. —Les está persiguiendo el miedo —respondió escuetamente Javier. —¿Miedo a qué? —interrogó Miguelina, sorprendida por la respuesta. —Los tambores de guerra están sonando cada vez más fuerte en Europa. En todas partes es el tema de conversación. En la Escuela de Bellas Artes donde estudio, los maestros Tintoreto, Van Gogh, Velázquez y Da Vinci han pasado a un segundo orden. El tema de la guerra es el tema en ruedas de amigos, en las universidades, en los círculos políticos y, por supuesto, en los ámbitos gubernamentales —indicó Javier.
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