Miguelina

105 a cincuenta metros de distancia en nuestra huerta —dijo Miguelina con picardía. —Tienes razón. Tu padre y ese joven awajún tenían tanta puntería. Don Miguel Acosta Sánchez me picó el corazón para siempre, y el joven awajún también flechó el corazón de nuestra vecina, Janeth Inga —comentó doña Grimanesa, soltando una alegre carcajada. Las clases en el gymnasium resultaron placenteras para Miguelina. No solo por el dominio y conocimiento de las materias que dictaban y enseñaban los profesores y por sus buenas relaciones y amistades con sus compañeras y compañeros de salón, incluyendo las dos muchachas amazónicas y los otros tres peruanos, sino también por las sensaciones, emociones, reflexiones y pensamientos que provocaba el viaje en tren desde su vivienda hasta el gymnasium y viceversa. Tomaba el tren, a veces con suerte encontraba el tranvía a caballito, a una cuadra de la Augustinergasse, que era peatonal, y el tren cruzaba la ciudad sembrada de distintas arquitecturas, que eran la muestra de muchas épocas en la historia de la ciudad. Desde los restos y vestigios del imperio romano, pasando por la época medieval y la arquitectura de los siglos XIV, XV, XVI y XVII, del antiguo barroco hasta el Art Nouveau de la modernidad. El tren atravesaba puentes y ríos y trepaba la cima de la vieja ciudad, revelando un paisaje que provocaba a la imaginación. Disfrutaba del espectáculo del paisaje, de la vitalidad y el colorido de la gente en las calles, pero sobre todo su imaginación inventaba historias y aventuras. Se imaginaba entrando a los castillos medievales y hablando con los sirvientes, preguntándoles por qué no se sublevaban rompiendo las cadenas de la servidumbre y la esclavitud. Otras veces, cuando el tren cruzaba el Museo de Bellas Artes, se imaginaba preguntándole a El Greco qué lo había inspirado para el cuadro de la Ascensión de Jesús, o a Van Gogh por qué se había cortado la oreja. Sumida en sus ensoñaciones, con frecuencia se imaginaba tanto a Zúrich como a Iquitos, con la copia de la Tour Eiffel y los edificios de estilo sevillano del ciclo del caucho que ella había visto y nunca jamás olvidaría. De eso hacía solo cuatro años, pero a veces sentía como si hubiera pasado un siglo de tiempo, y de distancia.

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