Miguelina

101 —Ahora déjame preguntarte, mamita, ¿cuál ha sido para ti la mayor lección y la mayor experiencia en estos cuatro años en Europa? —le interrogó Miguelina. —Solo una gran lección y una gran experiencia: haber comprobado que mi maravillosa hija, Miguelina Acosta Cárdenas, cumplirá sus anhelos, sus ideales y sus sueños, y que será una gran mujer defensora de la justicia —dijo con voz quebrada, y enseguida ambas se abrazaron mientras sollozaban. Al día siguiente, bien temprano, salieron a tomar desayuno en el restaurante francés Le savoir de la vie, y como siempre, Miguelina eligió su bocado preferido, un saucisson, salchicha de cerdo, y un chocolate suizo caliente, mientras doña Grimanesa pidió un popular songall, salchicha frita, y también su taza de chocolate caliente. Luego salieron a caminar a lo largo y ancho de la Augustinergasse, una de las pocas calles peatonales de Zúrich, la más antigua de la ciudad. Madre e hija caminaron esquivando a la multitud, mirando las tiendas con las ofertas de productos europeos, pero también artículos exóticos y productos de todo el mundo. Una de las curiosidades que más llamó la atención de Miguelina fueron algunas piezas arqueológicas del tiempo de la ocupación romana del antiguo territorio helvético. Luego de dos horas de trajín urbano, retornaron a la 13 de Augustinergasse, y después de un breve descanso doña Grimanesa se dedicó a poner en orden la habitación y las cosas personales de ambas: vestidos, zapatos, vituallas, objetos de aseo; mientras tanto Miguelina revisaba sus libros y cuadernos, y elaboraba su agenda, su plan de trabajo y su programa de vida en Zúrich. El día de su matrícula, Miguelina fue al gymnasium en compañía de Javier Calvo de Araujo y de su madre, doña Grimanesa. Margarita Phillips no pudo acompañarlos porque tenía clases en la universidad. Ese día, Miguelina vivió un cúmulo de sorpresas agradables. La primera sorpresa fue que todo el mundo creía que era una joven persa o árabe por su cabello largo y ensortijado, y sus grandes ojos pardos, además, por su esbelta figura. Vestía una blusa de mangas largas, bellamente bordada por su madre con figuras amazónicas: ríos, lagos, guacamayos y paucares.

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