100 Miguelina permaneció en silencio, su madre le preguntó si había escuchado la pregunta. —Sí, mamita, te escuché, estoy pensando en tu pregunta, en los años que llevamos en Europa y en mis dieciséis años de edad. Estoy pensando en Pamelita Apagüeño, que ha decidido ser monja y en mis demás compañeras que ya se han casado y han tenido hijos, y otras que son madres solteras. Ese parece ser el destino de las mujeres de nuestra Amazonía. Muy pocas estudian y logran tener carrera y ser independientes, para no estar sometidas a sus maridos como esclavas —reflexionó Miguelina, confesando que había decidido no casarse nunca, y más bien cuando ya sea abogada sería una defensora de esas mujeres para quienes, muchas veces, el matrimonio termina siendo una cárcel o, peor, un infierno. —¿Y si el amor toca las puertas de tu corazón y te enamoras? —le interrogó su madre. —La puerta para el amor romántico está cerrada, pero está abierta para la justicia. Me casaré con la justicia —afirmó levantando la voz. —¿Cuáles son, hasta ahora, las mayores lecciones aprendidas en Europa? —insistió doña Grimanesa. —Mamita, creo que la mayor lección que me han dado los europeos es no ser como ellos, porque para los europeos el Perú y otros países del continente americano son pueblos atrasados que hay que someter para civilizarlos y convertirlos en colonias, quitándoles así sus riquezas. —Uy, hijita, nunca te había escuchado decir eso. Es un poco duro —exclamó doña Grimanesa. —Pero eso no es todo, mamita. He aprendido dos cosas de los europeos que todos los peruanos y peruanas deberíamos aprender: la disciplina y la puntualidad, así como la pasión por el estudio y la cultura —añadió Miguelina. —Ahora que mencionas los estudios, tu papá está muy contento con las buenas notas de tus estudios en la escuela secundaria, y siempre me repite en sus cartas que ha valido la pena invertir sus ahorritos en nuestra estadía por Europa —expresó con satisfacción doña Grimanesa.
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