Mar del Sur : revista peruana de cultura No 12

ALBERTO TAURO 85 probaciones se comprende la aparente lentitud de las operaciones militares llevadas a cabo durante el gobierno protectora}, en contraste con la intensa ac– tividad desplegada para difundir los objetivos políticos de la emancipación y captar la simpatía popular. Como no había ocurrido cuando campearon los ejércitos de las monarquías absolutas, el buen capitán debía unir dotes de mi– litar y político, de estratega y gobernante: por eso consultaba el Protector las Reflexiones militares y políticas, desenvueltas por el Marqués de Santa Cruz de Marcenado para definir las cualidades del general, los requisitos de sor– presas y emboscadas, la escabrosa misión de los espías, el alcance de las ór– denes impartidas antes y después de la batalla, los aspectos positivos y nega– tivos de la guerra ofensiva y defensiva, la posibilidad de obtener la victoria mediante la suscitación de revueltas en el campo enemigo, y aún las ocasio– nes propicias a la elusión del encuentro y a la retirada; por eso tenía presen– te el tratado de Hugo Grocio sobre Derecho de la guerra y de la paz, donde se intenta poner límites jurídicos a los desbordes característicos de los antago– nismos feudales, y, a base del respeto a los estados y los bienes individuales, se considera la guerra como lucha por el restablecimiento de la justicia; y por eso guardaba a su lado estudios sobre Juzgados. militares y sobre Presas de mar. Evidentemente, armoniza con el mensaje de sus libros la declaración so– bre los fines de la campaña que había emprendido en el Perú: "Desde que el ejército libertador llegó a Pisco, la paz ha sido el objeto de la guerra" ( decreto de 13-1-1821). Si como militar el General José de San Martín apeló a la historia en demanda de las experiencias dejadas por las acciones memorables y de las opiniones concebidas en torno a ellas por los grandes guerreros, como político apreciaría el valor formativo que en su tiempo se asignaba a esa ciencia, cu– yas lecciones acrecentaron la experiencia y las normas morales de los prín– cipes, desde que Bossuet presentara la historia como maestra de autoridad y prudencia. En caso de requerir información sumaria o dato escueto, acudía al citado Dictionnaire Historique de Louis Moreri, o a una lntroduction a l'Histoire de l'Univers, que tal vez se redujera a esos cuadros cronológicos que ~n el siglo XVIII se compilaron sin la necesaria discriminación. Pero sobre to– do leía con deleite las obras de Voltaire, Montesquieu y William Robertson, los ·más distinguidos historiadores del siglo XVIII, representantes de las con– cepciones que la Ilustración acuñó para explicar el desenvolvimiento de la hu– manidad. El primero creó la historia de la cultura en su Essai sur les moeurs et J'esprit des nations, y llamó la atención hacia el disfrute de los bienes mun– danos y el perfeccionamiento progresivo de las conquistas que logra la civili– zación; el segundo creó el moderno arte de la política, en cuanto definió las leyes como las relaciones que necesariamente derivan de la naturaleza de las cosas, advirtió la vinculación existente entre la libertad y el bienestar de los pueblos, y apuntó hacia el estudio causal y la oculta significación de los he– chos históricos; y el tercero, vinculado a Voltaire y Montesquieu por _su creencia en el progreso, destacó la i.nfluencia que en él ejercen la ciencia y el comercio, y, en tanto que apreciaba la aptitud de todos los pueblos para

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