Mar del Sur : revista peruana de cultura No 12
82 MAR DEL SUR autor respectivo; se omiten por completo las referencias sobre lugar y fecha de la edición y, en cambio, se fija siempre el formato del libro y el idioma en que se halla impreso. Es evidente que ese inventario no fué realizado para definir el valor intrí~seco de las obras que menciona, sino para facilitar su fi– liación física y su ubicación. No fué concebido para servir a la consulta ajena, sino como un auxiliar mnemónico, exclusivamente adaptado a los requeri– mientos determinados por el uso. En consecuencia, es legítimo suponer que para el Protector fueron familiares el contenido de los libros y su trascenden– cia, y que su biblioteca refleja las líneas fundamentales de su cultura. Pues bien. Entre las obras que el General José de San Martín obse• quió a la ciudad de Lima, el 64 por ciento se hallaban impresas en francés; sólo una en latín, dos en inglés, tres en portugués, y las restantes en español. A la disciplina clásica, persistentemente mantenida por la educación huma– nista, había ligado las formas coetáneas de esta orientación del desarrollo in– dividual, y eso explica la preferencia por la lengua francesa que el Protector revela a través de sus libros. Era aquella la lengua en la cual se hacía posi– ble conocer las mejores observaciones sobre la naturaleza, las más aceptadas doctrinas sobre el carácter de la sociedad y el gobierno de los pueblos, la li-• teratura más ajustada a la sensibilidad de la época4 Era la lengua de los fi– lósofos y enciclopedistas, de los políticos ilustrados y de los hombres a quie– nes su concepto de la vida imponía e~ deber de cultivarse. Eso explica también que, entre los deleitables autores castellanos, frecuentase a Francisco de Que– vedo y Pedro Calderón de la Barca, respectivamente celebrados por el con– ceptismo severo y la hondura filosófica, señeros frutos del señorío de la ra– zón. Explica su adhesión al pensamiento de Pierre Gassendi, cuyo epicureís– mo rezuma en las tendencias políticas de Jeremías Bentham, y cuyos princi– pios sensualistas fueron sumamente gratos a la ciencia del siglo XVIII. Pero a tales afinidades agreguemos aún las que destellan libros tan difundidos en su tiempo, como aquellos en los cuales se anticipaba la eclosión sentimental del romanticismo. Por eJemplo: el Art de l'amour, incluído en las "obras" de Pierre Joseph Bernard; Les Malheurs de l'amour, esa novela tan llena de ven– cimientos que en las postrimerías de su vida galante escribió J\tladame Tencin; las inteligentes y amables reflexiones de Madame La Fayette acerca de las mujeres y el amor, la amistad y la vejez; y, en fín, las tragedias y las novelas que Francois Thomas Marie de Baculard d'Arnaud llamara Epreuves du sen– timent; en ellos se exalta la belleza de la conducta sobre la vana gloria que dan los triunfos logrados ·merced a sacrificios ajenos, y la satisfacción íntima apa– rece como premio más estimable que los pasajeros ecos de la opinión. Tal el carácter que asume el austero anuncio del Protector acerca de los objetivos inmediatos de su conducta: "haremos el primer experimento feliz de formar un gobierno independiente, cuya consolidación no cueste lágrimas a la huma– nidad" (decreto de 19-1-1822). Apreciada en su conjunto, la biblioteca del General José de San Mar– tín denota severo criterio de selección; y aunque en ella tienen clara prefe– rencia las materias vinculadas a su particular vocación, obsérvase que no es-
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