Mar del Sur : revista peruana de cultura No 12
CARLOS RAYGADA 69 ron oir en la plaza después de los fuegos y no pudimos dejar de ex– clamar "Somos libres, seámoslo siempre". ¿No sería mejor no tocar el himno sino en los grandes días de la patria? ... Doctores tiene la Santa Madre Iglesia, que nos podrían contestar". No dejaban de tener su razón estas ironías del decano, pues en la edi– c1on del 2 de febrero daba cuenta, en las mismas columnas, de tales festejos, en verdad desmedidos: adornos en las calles, arco triunfal, los balcones de Pa– lacio "vestidos con el traje de gala muy conocido de nuestros lectores"; albazo a las 4 de la madrugada, en la puerta de la casa de S. E.; diana, repique de campanas, iluminación, fuegos, nochebuena, retreta, función teatral, toros y cohe.. tes. ¡Hasta hubo "corcova"! ... El clavicordio de Rialos La tradición de Vareta, aparte el anacronismo evidenciado, no carecía, sin embargo, de cierto fundamento, seguramente desfigurado con el correr de los años y la caprichosa e inevitable evolución del testimonio. Así nos lo hace pensar la lectura del interesante volumen El Poema del Himno Nacional Argen– tino, publicado por don Gabriel Monserrat, capitán retirado del ejército del país hermano, quien, para justificar sus críticas y reparos a los versos de don Vicen– te López, presenta y analiza con detenimiento los poemas de los himnos de todas las naciones del Continente y de la mayoría de los países europeos. Al tratar del nuestro y después de reproducir, con algunos errores, sus versos, di– ce lo siguiente: Respecto de este himno, de música inmejorable, el célebre escri– tor peruano Palma refiere: "El protector del Perú, don José de San Martín, convocó a un certamen musical, del que resultaría premia– da la composición que se declar.ase digna de ser aceptada por Him– no Nacional de la República. De las seis presentadas, la del maestro Alcedo, fraile en su origen, obtuvo la palma. Apenas terminada su ejecución en el clavicordio del señor Riglos (argentino, hermano de don Miguel), cuando el general San Martín, poniéndose de pie, ex– clamó: ¡He aquí el Himno Nacional del Perú! En la noche del 4 de septiembre, festejando la rendición del Callao, se cantó en el tea– tro por primera vez. La ovación de que en esa noche fué objeto el humilde maestro Alcedo es indescriptible para nuestra pluma. Me– jores versos que los de don José de la Torre Ugarte merecía el ma– gistral y solemne himno de Alcedo. Las estrofas inspiradas en el pa– triotismo que por esos días dominaba, son pobres como pensamiento y desdichadas en cuanto a corrección de formas (sic). Hay en ellas mucho de fanfarronería portuguesa y poco de la verdadera altivez republicana; pero~ con todos sus defectos, no debemos consentir ja– más que la letra de la canción nacional se altere o cambie. Debemos
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