Mar del Sur : revista peruana de cultura No 12

60 MAR DEL SUR que pasearon ese día el estandarte del Perú independiente. Te pro– testo que ese momento de placer no puedo compararlo sino con el primero en el que creí poseer tu corazón. Jamás podría premio al– guno ser más halagueño para mí que ver enarbolada la enseña de la libertad en el pueblo más importante de este lado de América y cumplido el objeto de nuestros trabajos en la presente campaña. Va– rias escenas tocantes se vieron ese día entre el bajo pueblo, y sus demostraciones fueron tan candorosas como sincero el gozo que aso– maba en el semblante de todos. En esta misma noche se dió refresco y baile en el Cabildo. Nin– guna tropa pudo contener la aglomeración de la gente. La noche siguiente se dió en el palacio del general un baile al que asistieron todas las señoras. Esto requiere una distinción particular para la que no tengo tiempo. La compostura con que se presentaron aquéllas era elegan– te. Yo bailé mi contradanza de etiqueta . . . Siguieron después las iluminaciones y comedias, y ayer se cantó por primera vez en el tea– tro de Lima la marcha nacional. Todas las castas y cofradías de ne– gros se han esmerado en celebrar la independencia. Ayer tarde se veían reunidos en la plaza y calles inmediatas, más de diez y seis mil almas repartidas en bandas, con diferentes bailes y distintas ban– deras. Pero todo esto forma un contraste singular con el cañoneo que constantemente se oye de nuestro ejército hacia el castillo de San Felipe y desde éste a aquél. Los españoles aun se sostienen dentro de las fortificaciones del Callao y sufren un riguroso sitio en el que perecerán o entrarán en partidos, si alguna ocurrencia extraordinaria no nos obliga a dirigir las fuerzas a otra parte. Hace cuatro días que fuí al castillo del Real Felipe a proponer la capitulación a su jefe. Se me recibió muy bien por los generales y, aunque a la salida tu– ve incidente peligroso, pasó aquello y esperamos aún contestación de lo que propuse a nombre del general. La Serna se mantiene en la sierra con todas las tropas que ha podido reunir. Su deserción es numerosa y estamos preparando a toda prisa medios de acabarlo. Esta ha sido de nuestra parte guerra de paciencia. Con ésta hemos desquiciado a los enemigos y con la misma hemos de concluir con la obra si nos ayuda un poco de fortuna ... Guido. En su brevedad y concisión, la precedente carta del prócer argentino, uno de los más prominentes colaboradores de San Martín en la empresa li– bertadora, tiene un vívido poder evocador, al que las expresiones íntimas agre– gan un encantador matiz poético. En esas pocas líneas se reviven con espon– tánea plasticidad las impresionantes expansiones del ambiente de aquellos días de patriótico regocijo, en un proceso descriptivo de evidente valor documen– tal. Pero es innegable que en medio de aquella breve revista de hechos que en todos sus aspectos corresponden a la realidad histórica, la noticia de que "ayer

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