Mar del Sur : revista peruana de cultura No 12
32 MAR DEL SUR samente preparado, la implantación del gobierno representativo. La fórmula sagaz y conciliadora pareció ser, en aquel instante, la monarquía constitucio– nal, que casi se identifica en el pensamiento de Montesquieu con el sistema republicano. Pero la sugestión monárquica, proyectada por los espejos del palacio virreynal de Lima, se disipó, en breve, ante el despertar brillante e incontras– table de la conciencia republicana del Perú que pudo expresarse bajo el aura nueva de libertad producida por el propio gobierno de San Martín. Al desma– yado y caduco anhelo de la nobleza, se sobrepuso el vigoroso impulso de los profesores y profesionales a los que la Universidad había imbuído secretamen– te las enseñanzas de su siglo. San Martín acató este deseo, que se ceñía más al íntimo suyo que la momentánea fórmula monárquica adoptada, en forma casi vergonzante, en esa especie de logias al revés, que fueron los conciliábulos con los condes y marqueses limeños, en un primer momento de orientación y tan– teo. La profesión de fé republicana del héroe vuelve a manifestarse, nítida y pura, en su magnánimo gesto de Guayaquil, cediendo el paso a Bolívar para no encender la guerra civil, en la convocatoria del Congreso peruano para des– pojarse ante él del poder que le quemaba las manos y en las palabras de su mensaje de despedida al Perú que encierran la más noble lección que haya recibido nuestra democracia. El pensamiento político de San Martín tuvo, pues, una palpitación de diástole y de sístole propia de todo rítmo vital. Pero en esa oscilación pen– dular había una tensa línea oculta de fé republicana. Su innato republicanis– mo arrancaba de su decepción juvenil, en España, ante la degradada monar– quía de Fernando VII, que le forzó a truncar su brillante carrera militar y a sacrificar familia y amigos, para venirse a América y afiliarse a las logias an– timonárquicas de la libertad. Esta fué la orientación cardinal de su vida. No pueden contársele los pasajeros desalientos y expresiones de angustia de sus cartas íntimas ante los contrastes cotidianos de la experiencia democrática, ni las explosiones de protesta que se le escaparon, tantas veces, al contemplar su ideal prisionero de las ineludibles miserias humanas. En sus propias misivas se halla la réplica radiante dada por su íntima e insobornable convicción de– mocrática. Dígalo su carta a Guido de 182 7 que proclama, de acuerdo con su conducta de toda la vida: "Odio a todo lo que es lujo y distinciones, a todo lo que es aristocracia; por inclinación y principios amo el gobierno republicano y nadie, nadie lo es mas que yo". Nada valen ante esta declaración, confirma– da mil veces por su retraimiento y ascetismo ejemplares,las quejas angustiosas contra la libertad, de otros momentos, en que veía zozobrar por el abuso la fórmula republicana. Lo verdadero, lo hondo del espíritu y de la vida es lo que se sella con el ejemplo y el sacrificio. San Martín fué, pues, fiel al mandato de su época y de su generac1on que imponían la república en América, como una fórmula imprescindible de la libertad y de la democracia. Es posible que la monarquía hubiera sido el go– bierno más sensato y cauto para pueblos sin cultura ni preparación cívica Y que la república fuese una fórmula de gobierno poco experimentada y sujeta a
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