Mar del Sur : revista peruana de cultura No 12

RAUL PORRAS BARRENECHEA 31 consiste para Montesquieu: en el amor a la patria y a las leyes, en la pre– ferencia del interés público sobre el particular, en el desprendimiento de sí mismo, la moderación y, particularmente, en el culto de la igualdad y de la frugalidad. Dentro del concepto montesquiano San Martín fué paradigma de es– tas virtudes patricias. Las enseñó con el ejemplo y sacrificó a ellas su conve– niencia personal y su gloria. Desde Buenos Aires a Cuyo y de Santiago a Li– ma, su vida es una demostración constante de abnegación y desprendimien– to. de contemplación preferente del bien público con mengua y olvido de su interés personal. Rechaza en Buenos Aires el poder político, teniéndolo en las manos en 1812, porque quiere alejar del nuevo estado toda sombra de preto– rianismo, renuncia a sus emolumentos de Gobernador de Cuyo para aliviar las cargas del estado, rehuye los honores del triunfo en Chile después de Chaca– buco y entra de incógnito a Lima, después de haber rendido, sin derramamien– to de sangre, por obra de su estrategia humana, la capital del virreynato aus– tral y el mayor baluarte del poder español en América. Su paso por Chile y el Perú, desechando honores y trofeos, alejando de su lado a los oportunistas y a los aduladores, protegiendo a la ilustración, dando muestras de modestia y de frugalidad en la mesa y en el vestido, desterrando lo pomposo, lo hueco y estentóreo del ambiente cortesano de Lima, proscribiendo las entradas fas– tuosas al estilo virreynal y las arengas serviles e hiperbólicas, prolongación de los panegíricos coloniales, perfilan al demócrata de verdad y de corazón. La de San Martín es una de las pocas auténticas conciencias republicanas que se hallan en la historia de América. El pensamiento de un conductor de pueblos no pueder sin embargo, seguir una inquebrantable línea dogmática sino que tiene que flexibilizarse y aceptar las influencias contradictorias de la multitud y del momento históri• rico en que vive. Este cotejo con la experiencia pone al descubierto los errores e inadaptabilidades de una fórmula ideal y la hace acaso más flexible y via– ble. San Martín guardó durante toda su vida un celoso respeto por la opinión pública. No hay duda de que al llegar al Perú, sede de la aristocracia ameri– cana, San Martín sintió la sugestión monárquica del ambiente y se decidió a hacerla servir a su plan de libertad, como una fórmula de transición hacia la ideal meta republicana. El ambiente del Perú justificaba aparentemente esta decisión. Era patente el contraste entre la nobleza ilustrada y el pueblo sujeto a esclavitud y servidumbre. San Martín y sus consejeros sabían bien que el ré– gimen republicano exigía "virtud y civilización" y ellos traían, además, la des– consoladora experiencia de los primeros pasos republicanos en Argentina y en Chile, que en un ambiente más homogéneo, habían producido la anarquía, el desorden civil y el cesarismo demagógico. La cordura política e internacional aconsejaba, frente a la reacción monárquica de la Santa Alianza y del Congre– so de Verona, no precipitar las cosas ni inspirar desconfianza a los gabinetes europeos con nuevos espectáculos de violencia y desorden. San Martín repug– naba, además, por instinto, el tumulto y las pasiones desbordadas de la discor– dia civil. Todo esto gravitó para retrasar, en un medio que aparecía como esca-

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