Mar del Sur : revista peruana de cultura No 12
30 MAR DEL SUR discusión, no obstante la efusión de su momento culminante: como es!ratage– ma militar del uno o artimaña diplomática del otro para finaliz~r la guerra. Los más fieles biógrafos de San Martín se empeñan en disculpar a éste de los tratos monarquistas de Punchauca, negándoles trascendencia y convicción principista, en tanto que otros consideran el paso dado por el victorioso caudi– llo, como una claudicación de su mensaje revolucionario o un oscurecimien– to inexplicable de su destino. En Punchauca, dice Mitre, San Martín se inter– nó en un callejón sin salida, apartándose de su ruta de libertador porque "la república estaba en el orden natural de las cosas" y "la monarquía era un plan artificial o violento de gobierno". Y don Gonzalo Bulnes considera la célebre entrevista como el momento en que, transformado el soldado en gobernante, se inicia el rápido descenso de su gloria. No cabe negar, ante los documentos no sólo de Punchauca, sino de an– tes y después de este trance, que San Martín albergó sinceramente planes monárquicos, aunque no fuera esta la forma de gobierno que más se amolda– se a su espíritu y a su misión revolucionaria. Si los documentos oficiales no hablasen, lo dirían los actos del Protectorado encaminados a implantar el go– bierno monárquico en el Perú, y las confesiones íntimas de las cartas de San Martín. Están ahí para demostrarlo, en forma inconfundible,: el envío de los comisionados a Europa a buscar un príncipe, las discusiones de la Sociedad Patriótica regidas por Monteagudo y el murmullo popular que bautizó a San Martín con el burlón epíteto de "Rey José". Y lo ratifican la carta a O'Higgins de 30 de Noviembre de 1821, en que confiesa la "imposibilidad de erigir es– tos países en república" y el propio adiós sincerísimo del héroe al pueblo del Perú, en que declara que está aburrido de oir decir que quiere hacerse sobe– rano. Existieron, pues, el plan monárquico y el resquemor público contra él. Pero, tanto la adopción de la fórmula monarquizante como el abandono de ella, fueron imposiciones del ambiente que no modificaron el pensamiento ín– timo del héroe ni alteraron su convicción democrática. San Martín fué de– mócrata pero no solo teórica y verbalmente. Fué ética y constitutivamente republicano. Lo fué en su carácter y en todos sus actos, y en mayor medida que Bolívar y otros caudillos de América. No predicó o declamó sobre la de– mocracia, sino que la ejerció en todos los momentos de su vida, sobre todo en el trance decisivo del usufructo del poder, que no aceptó sino como expresión de la opinión pública, del que no abusó nunca y el que no tuvo interés en retener, sino para afirmar el propósto esencial de la libertad. Cuando se habla de las convicciones republicanas o monárquicas de los caudillos de la independencia, es necesario entenderse, previamente, sobre el concepto contemporáneo de estos términos. Y es Montesquieu el maestro y el Espíritu de las Leyes el decálogo insustituible. Ellos nos enseñan, con lec– ción aceptada entonces por todos, que la base de una monarquía es el honor o sea las distinciones que el rey prodiga a sus servidores que son el objeto de todas las aspiraciones, que el temor lo es de un gobierno despótico y que "la virtud" es la esencia propia del régimen republicano. La virtud republicana
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