Mar del Sur : revista peruana de cultura No 12
28 MAR DEL SUR hidalguía, pero declarando también que él sería inútil frente a la incontrasta– ble decisión de los patriotas por la libertad. Grandeza sin jactancia, henchida de humanidad y de nobleza, la que rezumaron las palabras del general ar– gentino: "Pasó ya el tiempo en que el sistema colonial pueda ser sostenido por España. Sus ejércitos se batirán con la bravura tradicional de su briIIante historia militar. Pero los bravos que Vuestra Excelen– cia manda comprenden que aunque pudiera prolongarse la contien– da, el éxito no puede ser dudoso para millones de hombres resuel• tos a ser independientes ya que servirían mejor a la humanidad y a su país si en vez de ventajas efímeras, pueden ofrecerle empo– rios de comercio, relaciones fundadas en la cor..cordia permanente entre hombres de la misma raza, que hablan la misma lengua y sienten con igual entusiasmo el generoso deseo de ser libres''. San Martín terminó proponiendo al Virrey que se estableciera un go– bierno provisional presidido por el propio La Serna e integrado por dos miem– bros, uno que designaría San Martín y otro el mismo Virrey. Esta Junta go– bernaría el Perú, proclamando la independencia de éste, mientras se enviaban comisiones a España, para pedir el envío de un príncipe español. Los ejérci– tos enemigos se abrazarían sobre el campo de sus antiguas divisiones. El generoso aliento, el entusiasmo comunicativo y la sinceridad con que habló el héroe americano contagiaron el ánimo aún de los más recalci– trantes. Los ojos del general La Mar brillaban de emoción. Guido escuchaba las frases de San Martín con la complacencia de una música íntima. Sólo Las Heras, entre los patriotas, fruncía el ceño al escuchar el proyecto monarqui– zante. El propio La Serna estaba sugestionado, pero tenía que contener los ímpetus de su corazón, para pensar en su responsabilidad de gobernante y en la opinión de su ejército al cual tenía que enterar al día siguiente de sus re- , soluciones. Hubo, pues, de levantarse, en medio del más recogido silencio, pa– ra agradecer los nobles propósitos del general patriota y manifest;;. que, aun• que le halagaba la idea de vincular a las que habían imperado hasta enton– ces, él no se hallaba autorizado para conceder la independencia, asunto que competía a las soberanas cortes españolas y él, como general, no podía ceder, sin haber perdido una batalla cuyo éxito era aun dudoso, y por la que podría acusársele menoscabando su honor militar. Dijo, sin embargo, que recibía con gran complacencia la propuesta de San Martín, cuya buena fé admiraba y que solicitaba se le concediera dos días para responder a tan interesante plan. Con esta frase quedó suspendida la conferencia que no habría ya de reanudarse, directamente, entre sus dos principales interlocutores, sino con intervención de otros representantes. Caída la tarde se sirvió la cena que pre• sidieron San Martín y La Serna. La intensidad de las emociones del día, el estímulo generoso de los licores, hicieron que el pequeño ágape fuera excesi– vamente comunicativo y cordial. El Virrey brindó sin embargo, prudentemen-
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