Mar del Sur : revista peruana de cultura No 12

26 MAR DEL SUR mientras a su vera el corazón de La Mar latiría de impaciencia por conocer al caudillo argentino, portador de la libertad. Canterac y Monet, marcharían arrogantemente montados, cambiando jactancias y fiando ia suerte del Vi– rreynato a la pujanza de su espada, que sólo rendirían en Ayacucho. Así mar– charían todo el día, hasta que, a las cuatro de la tarde llegaron a Guacoy. El camino iba lentamente ascendiendo por laderas que bordeaban los cerros. En Guacoy les esperaban emisarios de San Martín. Eran Las Heras, Paroissien, N ecochea, Guido y García del Río y el general Llano miembro de la Junta Pacificadora creada por el Virrey. Con estos nuevos acompañantes, se reem– prendió la marcha, confundidos españoles y criollos, en tropel armónico, has– ta divisar la casa de Punchauca, cerrando el camino por la izquierda, a las S y cuarto de la tarde ( 1). San Martín esperaba anhelante. Desde el corredor de la casa, desde el cual se divisa el camino bordeando los cerros cercanos, otearía con la mira– da la polvareda precursora del cortejo. Cuando éste se anunció, San Martín avanzó al antemural de la escalera, para esperar en lo alto de ella a La Serna. El general argentino vestía su sobrio traje de campaña. El Virrey y los gene– rales venían con sobrecasacas que ocultaban los brillantes uniformes y los res– guardaban del polvo del camino. Por esta circunstncia San Martín no pudo re– conocer en el primer momento a La Serna. Pero habiéndolo inquirido de los suyos que venían en el séquito, se adelantó hacia el Virrey y estrechándole en– tre sus brazos le dijo, amigable y criollamente: ''Venga a mis br!3-ZOS mi viejo general. Hoy se han cumplido mis deseos porque usted y yo vamos a hacer jun– tos la felicidad de este país". El entusiasmo de San Martín contrastaba con la afabilidad forzada del Virrey. Menor apenas en ocho años que éste el ge- ( 1) Punchauca está, según el Diccionario de Stiglich, a cinco leguas al norte de Li– ma, en el distrito de Carabayllo, en el valle de Carabayllo Alto o Chillón. Era y sigue sien– do una hacienda cuya población alcanza. a 82 habitantes. En 1932 realicé con mis alumnos de Historia del Perú del Colegio Raimondi una visita a este lugar histórico abandonado. En la crónica de esta excursión se describió así el lugar de la célebre entrevista: "La Casa de Punchauca está hoy deshabitada. Pero a la distancia de los que llegan a ella ofrece una noble prestancia antigua. Restaurada en parte, ha conservado su antañona disposición, sus viejos balaustres torneados y sus puertas amplias y talladas de clásica hidalguía hispana. Todavía la prestigia la escalera doble y acogedora adelantándose como en la mayor parte de las haciendas peruanas sobre el antemural del patio, con un gesto abierto y señorial; las vastas salas penumbrosas por donde pasean sombras ilustres, la capilla recogida y severa con su altar desierto con.onado por una imagen del Apóstol Santiago -símbolo de la con– quista- y un campanario melancólico que en las tardes dialoga con la paz de los campos. La sala principal donde se realizó la Conferencia está ahora ocupada por fardos de algodór y en la parte posterior de la casa hay una amplia galería que mira a un huerto abandonadp, en el que una parra se retuerce con un gesto añoso sobre la impasibilidad del muro destar– talado y polvoriento. Los japoneses que administran la hacienda no saben absolutamente nada del hecho histórico que se dessdolló en la mansión, pero conservan la vaga tradición de que allí ocurrió un importante suceso que ellos no pueden precisar. En su encogida ima– ginación aventuran que allí se halla escondido un tesoro o llevan al curioso paseante a ver un tragaluz que hay en el techo, el cual aseguran que comunica con los sótanos, patrañas mediocres de las que el excursionista defraudado se recobra contemplando el paisaje del va– lle, recortado en tapices de verdes disímiles, algunos hatos de ovejas en bíblica quietud Y, a lo lejos, el mar donde se imagina ver desfilar las velas altaneras de la escuadra de Cochrane, vigilando desde lontananza aquel rincón español, en que el gran capitán de los Andes había penetrado para buscar una solución que satisficiera igualmente sus prestigios de soldado Y su noble ambición de fraternidad y de paz".

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