Mar del Sur : revista peruana de cultura No 12
RAUL PORRAS BARRENECHEA 25 de Chile y la Argentina, que España debía reconocer. Los españoles para ga– nar tiempo, propusieron un armisticio de 16 meses, en cuyo período se en– viaría el asunto en consulta al Rey de España. Las tropas de San Martín ocu– parían el norte del Perú, al norte del río Huaura y, por la sierra, Conchucos, Huamalíes, Panataguas y Huánuco. Los españoles se quedarían en Lima, Jau– ja, Tarma y Chancay y el sur del Perú. Esta fórmula era aceptada por los re– presentantes de San Martín, pero exigían que se les diera una garantía de su cumplimiento. Esa garantía debían ser los castillos del Callao los que se en– tregarían a San Martín con los fuertes de San Miguel y San Rafael, como prenda de la palabra empeñada. Los delegados de La Serna aceptaron, con pe– queñas modificaciones, y entonces, producido el ambiente necesario de cor– dialidad y habiéndose, sobre todo, aventurado algunas opiniones interesantes en las conferencias privadas de los negociadores, se decidió que se entrevis– taran personalmente los dos caudillos de los bandos en guerra y que esa en– trevista tuviera por lugar de cita la casa de la hacienda de Punchauca, en que se había realizado las felices negociaciones. El 23 de mayo se firmó el armisticio ansiado por los españoles y el comoromiso de entrevistarse de los dos generales enemigos. La entrevista de Punchauca.- El 2 de junio de 1821 debía realizarse la conferencia. San Martín lle– gó la víspera a la casa de Punchauca y pernoctó en ella. Allí estaba ya ple– tórico de buena voluntad, Abreu. Acompañaban a San Martín sus jefes de Es– tado Mayor Las Heras, don Diego Paroissien y Necochea, sus ayudantes Spry y Raulet y 4 soldados de guardia. Integraban la concurrencia los delegados a las conferencias, realistas y patriotas. La noche fué de tertulia y de broma amigable y el infatigable Abreu se estuvo hasta la una de la mañana, deba– tiendo con San Martín sobre la posibilidad de que La Serna pudiera aceptar el proyecto de San Martín de establecer un gobierno independiente en el Pe– rú, aún careciendo de poderes y autoridad para firmar tratados. El mismo dos, en la mañana, partió de Lima el general La Serna con un séquito para dirigirse a Punchauca. Le acompañaban el general don José de La Mar, los brigadieres Canterac y Monet, los tenientes coroneles Landá– zuri, Camba y Ortega y cuatro soldados. Abandonando la portada de Guía, a] paso trotón de su caballo, el Virrey dejaría atrás la ciudad soñolienta y se internaría por entre caminos polvorientos, cercados de tapias y resguarda– dos, de trecho en trecho, por álamos y sauces, como rígidos centinelas. A su paso, saldrían a saludarle los jefes de las partidas de tropas diseminadas a lo largo del valle. La mañana sería apacible y algo triste como todas las ma– ñanas de junio. La niebla formaría un toldo vagaroso al cielo y llenaría el ai– re una difusa y melancólica luz solar. Pero, a despecho del jnvierno cercano, los campos ostentarían envidiable juventud y los cerros ensayarían al paso de la cabalgata su verde de gala para la fiesta de San Juan. El Virrey marcharía meditativo, pensando que el Perú se oerdía irremisiblemente para España.
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