Mar del Sur : revista peruana de cultura No 12

24 MAR DEL SUR Las Conferencias de Punchauca.- En tan inquietadora situación ambos capitanes buscan necesariamen– te la paz, aunque por distintos motivos. La Serna quería ganar tiempo para preparar la retirada de su ejército a la sierra, evacuando Lima. San Martín quería dar tiempo a que los soldados de Arenales que habían vuelto a pene– trar en la sierra, se adaptaran al clima de ésta. Ambos necesitaban que con– valecieran los enfermos de sus ejércitos antes de cualquiera operación defi- . nitiva. Lo más lógico y sensato era, pues, un armisticio. Un alegre componedor, llegó en estos momentos, de España, trayen– do el manifiesto de Fernando VII que aconsejaba la armonía y el estableci– miento de Juntas de pacificación. Don Manuel de Abreu era un funcionario ingenuo y optimista, a quien San Martín, a su paso por Huaura, le demos– tró con su cortesía de maneras y su generosidad espiritual que los insurgentes no eran los bandoleros que se imaginaban las gentes timoratas de la Colonia. Abreu se vino a Lima resuelto a conseguir la paz. Por iniciativa del Comisario Real, el Virrey La Serna se decidió a plan– tear a San Martín negociaciones de paz. Era la tercera intentona de acuerdo que se realizaba desde el desembarco de la expedición argentina. La prime– ra en Miraflores, la segunda en la hacienda Torreblanca cerca de Chancay, la tercera en Punchauca. San Martín aceptó la propuesta de La Serna y nombró como sus de– legados a su ayudante de campo don Tomás Guido, a su secretario de gobierno y hacienda don Juan García del Río y a don José Ignacio de la Rosa. La Ser– na designó al general don Manuel de Llano y N ájera, sub-inspector de arti– llería y al alcalde de Lima don José María Galdeano, ambos sospechosos de afición a la patria y al oficioso y bien intencionado Abreu. El lugar de reunión debía ser la casa de la hacienda de Punchauca, situada en lugar intermedio entre Huaura y Asnapuquio. Las conferencias se iniciaron el 4 de mayo de 1821 y duraron todo el resto del mes. La conciliación de los negociadores era en realidad imposi– ble, dadas sus posiciones irremisiblemente antagónicas, de modo que fué inú– til toda la buena voluntad desplegada de ambas partes para llegar a un arre– glo. Los realistas fueron los primeros en obtener ventajas, solicitando un ar– misticio que era favorable para los limeños, porque podría permitirles la in– troducción de víveres en la capital. Pero, el tropiezo estaba en el asunto prin– cipal. Los españoles ofrecieron, como prueba de liberalidad, establecer nueva– mente en el Perú la constitución de 1812. Pero los argentinos respondieron con una arrogancia desconcertante y que denunciaba la rápida evolución de los espíritus criollos, antes tan exaltados partidarios de la Constitución, afir– mando que "el nombre de aquel código es ominoso para la libertad del nuevo mundo y que su liberalidad con relación a éste ha sido demostrada por la ra– zón y la experiencia". La proclamación de la Constitución española significa– ba, además, que continuaba la dominación de la metrópoli y los patriotas no aceptaban otra fórmula que la independencia absoluta, no sólo del Perú, sino

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