Mar del Sur : revista peruana de cultura No 12

RAUL PORRAS BARRENECHEA 23 tropas en dos alas que partiendo de Paracas, la una por el mar y la otra por tierra hacia el interior, debían encerrar Lima en un círculo de hierro. El ala terrestre, guíada por el instinto certero de Arenales debía penetrar a la sie– rra del Perú por lea, Huamanga y Tarma, levantar a las indiadas organizán– dolas en guerrillas alrededor de Lima y cerrar su medio círculo heroico al norte de la ciudad en Huaura. San Martín, transportado por las audaces na– ves de Cochrane iría hacia el norte, bloquearía el Callao y desembarcaría las tropas libertadoras en Huacho, desde el que éstas marcharían a cerrar su arco de círculo en Huaura, uniéndose, allí, con las tropas de Arenales. Ambos capitanes realizaron, con precisión y armonía geométricas, su respectiva parábola de gloria. Lima quedó cercada por mar y tierra, incomu– nicada con el interior, de donde le venían los alimentos, y del exterior, del que esperaba auxilios. El ejército español, acantonado a las puertas de Lima, en el insalubre fundo de Asnapuquio, entre dos ciénagas, no se arriesgaba a combatir al enemigo situado frente a él, en Huaura. San Martín tampoco quería atacar. Quería rendir Lima por hambre, ahorrando una escena de sangre a la tierra peruana. Pero las intenciones pacifistas del general argentino se veían burladas por la realidad. La peste y las enfermedades hacían en Lima, y en ambos campamentos, más estragos que la guerra. Morían diariamente 20 ó 30 hombres a consecuencia de las tercianas características de los valles de la costa. Ambos ejércitos se diezmaban. En Lima la situación era angustiosa. Es– caseaban el pan y la carne. El cerco de las indiadas montoneriles era cada vez más apremiante. San Martín aprovechaba el tiempo sutilmente. Desde su campamen– to de Huaura, por medio de unas ollas de doble fondo que un indio llevaba después simuladamento a Lima, para venderlas como fruto de una industria inocente, se comunicaba con los patriotas de la capital. Y estos hacían prodi– gios de audacia, de patriotismo y de ingenio. Un día fué el batallón Numan– cia con sus 600 plazas el que se pasó a banderas desplegadas y tambor ba– tiente de la avanzada española de Chancay al campamento patriota de Huau– ra minado por las maniobras de los conspiradores de Lima. Otro día son dos– cientos caballos del ejército del Virrey que un zambo patriota arrea del valle de Ate al de Huaura. Otro día sería un contingente de oficiales y soldados crio– llos, futuros generales y presidentes - Gamarra, Santa Cruz, Eléspuru y un rapazuelo atrevido que se llama Felipe Santiago Salaverry, - los que llega– rían jadeantes al campamento de Huaura evadidos de la vigilancia virreynal. O en una mañana atónita los feligreses de la Catedral de Lima leerían azora– dos en la puerta de la Iglesia Metropolitana una pastoral con la firma y los sellos del Arzobispado, concediendo indulgencias plenarias a los que rezaran por el triunfo de la patria. O sería, por último, el claro símbolo de la libertad el que amanecería un día sobre la cumbre irresponsable del San Cristóbal so– bre el que los limeños verían flamear una bandera blanca y roja, que desper– tara las iras del Virrey.

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