Mar del Sur : revista peruana de cultura No 12

La Entrevista de Punchauca y el Republicanismo de San Martín por RAUL PORRAS BARRENECHEA En 1821 estaban de moda las entrevistas y la pacificación. Entrevis– ta entre el insurgente Iturbide y el virrey O'Donoju en Méjico, que da por resultado los tratados de Córdova. Entrevista y abrazo entre Bolívar y el ge• neral español Morillo, en Santa Ana, y, como consecuencia, el armisticio de Trujillo y el acuerdo de regularización de la guerra, que pone de lado las atro– cidades y las bárbaras represalias de la lucha a muerte en las épicas bregas venezolanas. Entrevista y mantel largo en Punchauca, entre el generalísimo argentino don José de San Martín y el excelentísimo señor don José de la Ser– na, Virrey y Capitán General de los ejércitos españoles en el Perú. Hasta el despótico Narizotas don Fernando VII, siente la urgencia de remozar su po– lítica de latigazos, para dulcificar la voz con zalameras promesas d e pacifi– cación y manifiestos de concordia. En la misma bélica España, los ejércitos quieren deponer las armas fratricidas y acaudillados por un oficial joven y de mirada romántica -Rafael Riego-- se niegan a venir a América en son de guerra y opresión y obligan, más bien, a Fernando VII a restablecer la Constitución de Cádiz, que otorgaba la c iudadanía a los americanos, les daba la lírica libertad de opinar y suprimía las tétricas mazmorras inquisitoriales. ¡Música constitucional que, alucinada por viejas esperanzas, repite todavía me– lancólicamente el Himno de Riego! Al Perú también alcanzó la ráfaga filarmónica. Los ejércitos de San Martín y de la Serna se hallaban acampados al norte de Lima, en Huaura y Asnapuquio y a punto de reñirse la trágica refriega por la poses1on de Lima, cuando llegó la onda fraternizadora. Nuestro intermezzo musical se llama Punchauca. El bloqueo de Lima.- El ejército de Sa~ Martín había partido de los Andes y después de libertar a Chile, había emprendido el vuelo, semejante a un cóndor, hacia las costas peruanas. Como un ave de presa -dice Vicuña Mackenna- las huestes argentino-chilenas van a trazar un círculo cada vez más estrecho al• rededor de la vieja ciudad colonial, hasta caer sobre ella y arrebatársela al poder español. La posesión de Lima era la obsesión sanmartiniana desde 1814 cuan– do empezaba a organizar su ejército de gloria. ''Mientras no poseamos Lima, la guerra americana no concluirá", había escrito proféticamente. Al desembar– car en Paracas tenía puesta la visión en la capital del Virreinato peruano. Sus agentes peruanos en Lima le habían indicado, minuciosamente, los pasos necesarios para la realización de su plan. San Martín divide entonces sus

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