Mar del Sur : revista peruana de cultura No 12
10 MAR DEL SUR la invasión napoleónica de la Península, bien dentro de la forma del respeto a los derechos de los naturales. No obstante sus ideas monárquicas en relación con el mejor tipo de los nuevos Estados, que los salvara de la anarquía, y no obstante sus nego– ciaciones y gestiones para implantar el gobierno de príncipes vinculados o de– pendientes de las casas reinantes europeas, San Martín fué partidario, desde mucho antes de la liberación de Chile y del Perú (1818-1821), de la com– pleta independencia de los nuevos Estados; y mientras ésta no se proclamara, le parecía que los patriotas estaban tan sólo en la condición de insurgentes. Por eso urgía, por intermedio de Godoy Cruz, para que el Congreso de Tu– cumán, en 1816, proclamara la independencia argentina, como una condición indispensable para llevar a Chile la Guerra Emancipadora. Desde el punto de vista de las ideas internacionales es secundaria y sin trascendencia la convicción monárquica de San Martín. Su conciencia po– lítica y su ruda sinceridad le indicaban que la Independencia tenía por obje– to la constitución de nuevos Estados, pero no envolvía ni el compromiso ni el fatalismo de que fueran organizaciones republicanas. La sombra del Brasil monárquico le inspiraba temores de oposición. El gobierno puramente popu– lar podía tender --en su imaginación influída con el paganismo de la Revolu– ción Francesa- a destruir la Religión Católica de las Colonias. Los desacuer– dos ideológicos y partidaristas y las emulaciones personales podían hacer necesarios medios violentos de contención que condujeran a la tiranía. La necesidad monárquica, como recurso político inminente, le hacía renegar de la doctrina y de la simpatía republicanas. "Republicano por principios e in– clinación, pero que sacrificara esto mismo por el bien de su suelo" se llama– ba a sí mismo. Parece posible que, no obstante las veleidades y el descontento conspi– rador de los jefes argentinos en Lima y la semirebeldía de Cochrane, San Martín tuviera fuerza bastante para imponer el ensayo monárquico, en un país cuya Independencia había proclamado y asegurado dentro de las re– latividades militares y políticas. No lo hizo, sin embargo, porque estaba lejos y contra su espíritu la idea de la intervención impositiva para obligar a los peruanos a adoptar una forma específica de gobierno. Sus ideas monárquicas eran tan conocidas que el humorismo limeño, adoptado por sus propios ofi– ciales subalternos, le llamaba "el Rey José". La sociedad alta y baja que se postraría ante Bolívar y tres años más tarde demostraría la complacencia, servil aún cuando transitoria, de consentirle la Presidencia Vitalicia, se hubiera solazado en la constitución de una regencia o de una monarquía a cuya sombra habría florecido, sin guardar la medida del ridículo pero sí ostentando sufi– ciencia, una nobleza legítima, y otra espúrea que la galantería colonial había dejado colgando de los balcones. Después de los bandos sobre Garantías Individuales de 7 de agosto Y sobre Naturalización y Ciudadanía de 4 de octubre de 1821, dictó y juró San Martín el Estatuto Provisional de 8 de octubre. En la introducción de este memorable documento dice:
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