Mar del Sur : revista peruana de cultura No 12

ALBERTO ULLOA 7 cicio del poder por sí mismo, que en Chile no había pretendido ni aceptado-– San Martín lo toma como una necesidad transitoria para facilitar la organi– zación constitucional; anuncia sin tardanza nuestra primera Constituyente, pe– ro le adelanta el Estatuto de 1822, trazo inicial de los cimientos de nuestra arquitectura institucional. Se encuentra, pues, que San Martín no pretendió crear en el Perú, como no lo había querido en Chile, un Estado con autonomía aparente ni ase– gurar para el Gobierno de las Provincias Unidas del Río de La Plata, influen– cia determinante en la vida internacional de esos nuevos Estados. Desde fines de 1818, cerca de dos años antes del desembarco de Pa– racas, San Martín se había dirigido a los peruanos en términos que envolvían un compromiso moral y político promisor: "Habitantes del Perú: Los Estados Independientes de Chile y de "las Provincias Unidas me mandan entrar en vuestro territorio pa– "ra defender la causa de vuestra libertad. Mi anuncio no es el de "un conquistador. La fuerza de las cosas ha preparado este gran "día de vuestra emancipación. La unión de tres Estados indepen– "dientes acabará de inspirar a la España el sentimiento de su im– "potencia. Los anales del mundo no recuerdan una revolución más "santa en su fin, más necesaria a los hombres. Lanzémonos confia– "dos en el destino que el cielo nos ha preparado a todos. Cuando "se hallen restablecidos los derechos de la especie humana, perdi– "dos por tantas edades para el Perú, yo me felicitaré de poderme "unir a las instituciones que las constituyen, habré satisfecho el me– "jor voto de mi corazón y quedará concluída la obra más bella de "mi vida". Aún cuando el Ejército de los Andes, que había de ser el ejército li– bertador del Perú, era originaria y mayoritariamente argentino, realizaría la campaña bajo los auspicios del Gobierno de Chile. Tuvo, pues, oportuno y ratificante valor el que O'Higgins prometiera a los peruanos que "formarían una nación cuyo gobierno establecerían ellos mismos como propios legisladores, consultando sus costumbres, su situación y sus inclinaciones". San Martín era monarquista y O'Higgnis nó. Sin embargo ninguno de los dos grandes propulsores de nuestra Emancipación adelanta conceptos que podían ser una insinuación y eventualmente una coacción respecto de la for– ma de Gobierno que se adoptara por el Perú. La prudencia de las palabras de los próceres --que la escuadra de Cochrane había esparcido por las cos– tas peruanas desde los primeros meses de 1819- al no comprometer el por– venir institucional del Perú, tampoco ·comprometía las convicciones persona– les de aquellos dos hombres. No contradiría sus promesas San Martín al negociar, más tarde, con el Virrey del Perú el reconocimiento de la Indepen– dencia a base de una organización monárquica; ni tampoco cuando sus comisio-

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