Mar del Sur : revista peruana de cultura No 12
6 MAR DEL SUR bía florecido la oculta simiente intelectual de la literatura de la libertad. Sin embargo, el General San Martín vino a darla, proclamarla, y consolidarla, confiando más, con aparente razón, en su genio militar y en su noble eleva– ción política que en la ayud~ de los nativos. San Martín toma el camino sin retaguardia del mar y desembarca en Paracas, a una distancia relativamente corta de la capital del Perú. Con su genio militar precursor, enseña así a las posteriores invasiones chilenas de los anti-confederados en 1838 y de la desventurada Guerra del Pacífico en 1880, que el dominio del país tiene por clave el mar y que la esterilidad de nues– tra costa y la escarpa de nuestra cordillera, hacen impracticable una guerra terrestre para llegar a Lima; mientras que, la amenaza o cerco contra ella, desarticulan o decapitan el Perú. Cuando San Martín desembarca en Paracas, un mayor dramatismo li– terario le hubiera permitido constatar como al General Bolívar tres años más tarde en Pativilca, que todo estaba efectivamente por hacer. En 1820 de las rebeliones de Pumacahua o de Zeta no emergían ni siquiera esas no extintas agitaciones cuya persistencia suele irradiar luminosidades que guían e impul– san en los caminos de la Historia. Ni siquiera una proclamación prematura y romántica de la Independencia como la de las Juntas de Chuquisaca, de Qui– to, de Bogotá, de Caracas, de Buenos Aires, de Santiago, habían tenido una claridad de aurora o un tremolar de bandera. En ninguna parte del territorio, como en las llanuras venezolanas, en las colombianas, y en los valles trasan– dinos de Bolivia, o en las provincias argentinas y chilenas, se habían mante– nido un rescoldo o una hoguera de la libertad. Sobre la base de la destruc:.. ción en un ambiente regional de aquellos anticipados rebeldes peruanos, el poder español había vuelto a cerrar su mano de dominación explotadora que, en Lima, se disimulaba bajo el terciopelo sensual de la vida colonial capita– lina. No existían conspiraciones o logias poderosas ni continuos y organi– zados contactos personales e ideológicos _de dirigentes en efectiva rebeldía, como en Chile o en la Argentina. No había un campesint> o una masa popular interesada en el proceso de la Emancipación. La desigualdad y la desconexión racial creaban, como hasta ahora, la desconsoladora realidad de una masa in– dígena explotada y mal tratada, pero indiferente a la emoción ideológica de la Independencia. A pesar de todo ello San Martín no ordena sino dos limitadas campa– ñas militares, que Arenales y Miller realizan audazmente. La sola presencia del Gran Capitán, apoyado por una fuerza aguerrida, primero en Pisco y des– pués en Huacho, atemoriza al Virrey que le cede la capital con una vaga es– peranza de volver a ella, apoyado en el ejército de Canterac, al que Arenales ha tenido en jaque. Cuando ocupa Lima, sin el estruendo de un boato que tal vez hubie– ra vuelto a poner tensas las cuerdas del servilismo, organiza su gobierno con Riva Agüero y Torre Tagle; aún cuando acepta -porque la desconfianza de los criollos y de los neogodos entre sí no permite otra posibilidad- el ejer-
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