Mar del Sur : revista peruana de cultura No 12

ALBERTO ULLOA 5 zozobra la Independencia de Chile, por acc1on de la reconquista española fa– cilitada por aquella anarquía. Como más tarde en el Perú, son precisas dos grandes batallas, Chacabuco y Maypú, y asegurar el dominio del mar, me– diante la audacia aventurera de Lord Cochrane, para que la Independencia chilena ·pueda considerarse asegurada. No hay nada de aparente o falso en la autonomía del nuevo Estado de Chile. Los historiadores no recogen huella lealmente interpretable, de una in– fluencia dominadora; y, a pesar de la fuerza decisiva del Ejército de los An– des, situado primero al pié de la frontera y después en el corazón del país, la nueva organización chilena goza en todo momento de la más plena sobera– nía. San Martín ni interviene ni gravita en la política chilena. Hasta podría discutirse si no hay alguna impasibilidad peligrosa, que hubiera podido resul– tar culpable para la Independencia americana, en asistir a la anarquía que preparó la restauración felizmente transitoria del poder español; sin otra pre– ocupación en los asuntos chilenos que la que podían determinar las conexio– nes de los hombres y de los hechos con un auge de la antigua autoridad co– lonial. Sólo en un momento San Martín interpone lo que podía ser su influen– cia decisiva de Libertador de Chile y de jefe de la fuerza militar de que dependía esa libertad; cuando aboga por la vida de los Carrera, que O'Higgins concede con reticencia; desgraciadamente tardíos, ambos actos, por la ig– norancia en que estuvieron sus protagonistas de la intervención acelerada del sombrío Monteagudo. Tampoco influyen las Provincias Unidas del Río de La Plata en la organización constitucional chilena. No obstante la comunidad de ideas mo~ nárquicas de San Martín, Belgrano y Pueyrredón, dirigentes de la política ar– gentina, en Chile, el Directorio de O'Higgins es el camino de la Constitución de 1818 que San Martín jura a su lado. Los relevantes contornos personales de O'Higgins no fueron ciertamente creados ni impuestos por la espada del Gran Capitán. Este, de regreso del Perú, tampoco quiso intervenir en la polí– tica chilena. El caso del Perú es más impresionante todavía. Aquí la proclamación y la primera organización de la Independencia no se habían hecho sin San Martín, como en Chile. Esfuerzos como los de Zela y Pumacahua, no cundie– ron fuera de un campo regional. En Lima, la autoridad virreinal estaba segu– ramente preocupada y tal vez estremecida por los sucesos lejanos de la In– dependencia en el Río de La Plata, en Chile,_en Venezuela y en Colombia, pe– ro no había sido aún directamente atacada en su sede. Fuerte, tanto por ele– mentos militares como por tradición dominadora y central, la autoridad es– pañola de Lima, lejos de esperar su conservación de su -capacidad de resis– tencia y de defensa, había tomado la ofensiva de la restauración colonial y lanzado sus ejércitos hacia el Alto Perú y hacia Chile para detener la expan– sión de la Independencia argentina y, eventualmente, para asfixiarla y redu– cirla. La estructura económica y socia! de la Colonia daba superior fortale– za al Virreinato del Perú, y el ambiente de Lima predisponía al conformis– mo indefinido si nó al sometimiento complaciente. En el Perú aún no ha-

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