Mar del Sur : revista peruana de cultura No 12

108 MAR DEL SUR Otra tradición vinculada a San Martín aparece en la cuarta serie. Se titula "Una moza de rompe y raja". Su acción transcurre en tiempos en que empezó a emitirse papel moneda como sucedáneo del metal acuñado, de obten– ción cada día más dificultosa. San Martín no intervino personalmente en tal disposición; pero muchos limeños, godos recalcitrantes, le achacaban toda la responsabilidad y se referían a él en términos no muy halagüeños. Entre .ellos figuraba una zapatera apodada la Lunareja, que arrendaba un cuchitril bajo las gradas de la catedral. Esta mujer era celebérrima por su mala lengua, más ponzoñosa que cola de alacrán. Cuando algún cliente le pre– sentaba un papel moneda, se desataba en denuestos contra la "patria nueva" y sus caudillos. A San Martín le tocaba una buena porción de la retahila. El Marqués de Torre Tagle, a cargo del gobierno mientras San Mar– tín se dirigía a Guayaquil, se vió forzado a tomar cartas en el asunto y hacer meter en la cárcel a la zapatera desbocada. Al día siguiente, en la plaza públi– ca, la raparon, la amordazaron y estuvo varias horas en exposición para escar– miento de malidicientes y godos solapados. Durante la ejecución del castigo fin– gió la Lunareja arrepentirse y cantó coplas zahiriendo a los españoles y vito– reando a los "peruanos". Pronto mostró_ la falsedad de su conversión, pues huyó al Callao con las fuerzas de Rodil y allí murió más realista que nunca. Palma tuvo en su infancia ocasión de conocer a la mentada y discuti– da Rosa Campusano. Fué condiscípulo de un hijo suyo, que un día, luego de trompear a un compañero que lo llamó "protector", condújolo a conocer a su madre, habitante a la sazón en los altos de la Biblioteca Nacional. Era una mu– jer prematuramente envejecida, de modales distinguidos y conversación un po– co rebuscada. Sólo en sus ojos perduraban destellos de su antigua hermosura. En su juventud doña Rosita Campusano había trabucado el seso a más de un personaje de fuste. Fueron sus rendidos adoradores los generales Tris– tán y La Mar y se dijo que hasta el Virrey La Serna pagó tributo galante a la irresistible guayaquileña. La causa de la independencia contó de entrada con todas las simpatías de Doña Rosita y su casa se trocó en semillero de conspira– ciones y foco de espionaje. La Campusano sabía arrancar sus secretos a los más herméticos y sus medios para acelerar conversiones a su causa eran más persua– sivos que alegatos y proclamas. Muy pronto se estableció asiduo carteo entre ella y San Martín, que se aprestaba en Huaura. Después de ocupada Lima tales vínculos debieron de fortalecerse, pues, a pesar del recato y la autoridad del general, se empezó a lla– mar maliciosamente "La Protectora" a Doña Rosita. En 1822 le fué conferida, lo mismo que a otras patricias, una banda bicolor en que se leía "Al patriotis– mo de las más sensibles". Stevenson, secretario de Lord Cochrane, criticó es– te y otros actos de San Martín, pero Palma no comparte su dictamen, puesto que eran innegables los servicios prestados por la Protectora a la causa ame– ricana. La evocación de Rosita Campusano puede figurar entre los más logra– dos y finos retratos de mujer que nos ha legado Palma. No es poco decir de

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