embargo, litigaba preferencias con la música norteamericana que inundó pronto la vida social urbana. Las chicas bailaban, al compás de «los locos años veinte», el ágil ritmo del foxtrot, «No te fíes nunca de las rubias». Canciones como «Smiles», «Whispering» e «Hindustan» resonaron a los acordes del piano en diversos momentos del Oncenio. Hasta hubo una orquesta peruana, la de Carlos Delson, que ejecutaba el ritmo de moda. El tango argentino tuvo también un sitial preferente en el gusto de los limeños. El enorme jolgorio que rodeó el Oncenio propiciaría el desarrollo de nuevos clubes, a saber: el Country Club56; el Touring Club Peruano, organizado por Mariano Tabusso en mayo de 1924; el Club Lawn Tennis de la Exposición; el Yacht Club; el Kennel Club Peruano, entre otros, que constituían una típica expresión de las emergentes clases medias, que rechazadas o incómodas en el Club Nacional optaban por crear su propio círculo. No es casual que las figuras más prominentes del leguiismo estuviesen afiliadas al Country en lugar de figurar en los padrones del exclusivo Club Nacional, al que pertenecían muchos miembros del civilismo57. Los menos circunspectos no tenían otro camino que buscar sus propios medios de alegrarse: la cantina, el prostíbulo y el cinematógrafo58. La variación que experimenta la mentalidad social durante esta época se halla emparentada con la fuerte admiración que despiertan los Estados Unidos. Durante el Oncenio, esa fascinación la fomentaban las maquinarias de la Foundation Company, que tendían con asombrosa rapidez las pistas de cemento y levantaban construcciones por doquier. Dicha admiración la propagaban los cines con sus películas de Hollywood y los discos ortofónicos de la Victor; y la difundían los incontables viajeros a su retorno, que empezaban a privilegiar los paseos a la potencia del norte. En las ciudades, el pensamiento de la gente fue ocupado por las imágenes de automóviles, victrolas, cámaras de refrigerio, velocípedos y carritos para niños, bicicletas inglesas, cepillos lustradores, patinetes, etcétera, que podían adquirirse a plazos en tiendas y concesionarias. El interés se concentró desde entonces en los objetos materiales de invención yanqui. En esa línea, se abrieron nuevos colegios y academias con formación europea y norteamericana. Asombrado por ese cúmulo de transformación, el poeta José Gálvez Barrenechea acuñó un título feliz: «Una Lima que se va», el canto de cisne de la ciudad colonial. Este clima de frivolidad podría ofrecer una visión complaciente del régimen, si no se lo confrontara con la represión política desatada 32
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