98 en la Gran Obra, la propia materia, la propia alma, en otra superior e idéntica a la anterior. Superior solo en grado, en madurez, en intensidad vital, pero equivalente siempre, en cualquier escala ella se manifieste, al amigo que hace veinte años tanto calor ponía en la lectura de la buena poesía. Gracias por haberme recordado lo mejor de aquellos años y ojalá que ello sirva para acercarme cada vez más a mi tierra amadísima, pues aunque te parezca absurdo —y es en cambio lo más natural del mundo— nunca he cesado de amar, incluso violentamente, ese rincón doloroso del planeta, en donde nací, y en el que sigo poniendo todas mis esperanzas. Bien poco o nada puedo hacer yo por él y por la desventura que incumbe en la gran mayoría de sus habitantes: mis trapos de colores anudados son bien misera cosa todavía —y no serán nunca más que eso, creo yo— comparados con el inmenso destino de un pueblo que aún carece de rostro. Pero, no te aburro más con consideraciones que tú encontrarás ociosas, y que yo podría seguir desarrollando hasta el infinito, sin llegar nunca a nada concreto. Mi tarea, por ahora, son los colores. Y nada nos impide pensar que, tal vez un día, el Perú palpite también en el más puro amarillo de cadmio, en un azul de ultramar o un rojo violento, como palpita ya en la terracota de Nazca o Chimú, o en la palabra trilce. Y no pretendo ser yo quien lo logre.
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