Letras que abrazan

114 pequeño roedor sigo dándole la vuelta a la manzana, pequeña existencia, de la cual trato de extraer no sé qué falsa lección, qué falso sueño. No tengo mucho tiempo para escribir ni para pensar (te hablo en términos de conciencia). Pero mi querido, joven y recordado amigo, ese pantano interior, ese aire turbio, encerrado, esa madriguera, ese nido, esa oscuridad, tienen cambios de temperatura y tempestades que me hacen cometer mil lapsus, decirle padre a mi madre, y etc. Lo cual significa que la frustración en ciertos casos equivale o alimenta el trabajo poético. (Si no es verdad por lo menos es un consuelo). De todas maneras pienso que un día de estos algo va a suceder y yo, en algún diluvio simbólico, navegaré sobre mi mesa escribiendo, escribiendo… Esta carta será breve, porque teléfonos, puertas y ventanas, conspiran para que así sea, pero parafraseando esos horribles letreritos de las casitas burguesitas (todo en diminutivo como debe ser) te aseguro que: la carta es chica pero el recuerdo es grande. Te estoy despachando con ésta el libro de Westphalen, ojalá les llegue antes de Navidad, fecha que me importa un pepino pero que es como un paradero obligado del año. Será mi regalo.

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