Las tumbas de Macchu Picchu

verificado, de una gran ciudad oculta en las laderas del valle del Urubamba»123. Un joven peruano que estudiaba antropología en Harvard también tenía sus propias pistas. Julio C. Tello sería conocido más adelante como «el más grande arqueólogo del Nuevo Mundo», por sus excavaciones de las culturas costeñas del Perú. En 1910 era un hombre de herencia indígena y treinta años de edad que había trabajado y estudiado medicina en San Marcos, y en durante esa época había estudiado cráneos y huacos precolombinos 124 . En 1909 el gobierno del presidente Augusto B. Leguía le otorgó una beca para estudiar arqueología y etnología en el extranjero, y Tello eligió la universidad de Harvard, la cual ya le había ofrecido estudios gratuitos. Tello se enteró de la visita de Bingham a Choqquequirau, y en 1910 le envió un artículo que le hizo sentir aun más presionado. Escrito por Carlos Romero, un archivero de la Biblioteca Nacional del Perú con acceso a la narración de un fraile Agustino, el artículo aseveraba que el palacio de Manco se llamaba Vitcos, no Vilcabamba, y que se ubicaba junto al pueblo de Puquiura, no a dos días de distancia. Romero había suministrado la información para que el director del Museo Nacional del Perú, Max Uhle, viajara al Cusco para hacer las averiguaciones del caso 125 . A Bingham le daba vueltas la cabeza. Finalmente había encontrado un misterio que requería de sus habilidades especiales como historiador y explorador, pero las pistas estaban a la vista de todos, como para que cualquiera lo resolviera. Lo único que se debía hacer era viajar más allá del Cusco, por el río Urubamba, y buscar ruinas incaicas cerca del pueblo de Puquiura. Los historiadores peruanos estaban en posición de hacerlo y Bingham no. El explorador pasó el verano de 1910 con su familia —que seguía en estado de constante expansión—, terminando su manuscrito sobre su más reciente expedición, y preguntándose si se le había escapado la oportunidad de su vida. Contempló la posibilidad de realizar expediciones a otros lugares, como México o Ecuador. Durante el otoño Hiram se abocó a instalarse en el nuevo hogar de su familia. Él y Alfreda eran los orgullosos padres de seis hijos, y sus suegros les habían construido una mansión de treinta habitaciones, la más grande de New Haven, en la cima de Prospect Hill, el barrio más elegante de la ciudad. Hiram se quejó de que era demasiado ostentosa para la familia de un catedrático, pero las únicas concesiones que hicieron los Mitchell 97

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