fueron agregarle un techo de tejas rojas al estilo español, lo que hizo que llamaran a la residencia «Casa Allegre» —deletreado así— y una diminuta escalinata que conectaba su habitación —él y Alfreda dormían en cuartos separados— al estudio de sus sueños. El estudio era espacioso y ventilado, rodeado de ventanas en tres frentes. Tenía estantes de libros que iban desde el piso hasta el techo, los cuales ocultaban un lavabo secreto y dos mapas colgantes de Sudamérica. Un escritorio tallado a mano, con lámparas Tiffany y un estante giratorio miraban hacia la chimenea en la cuarta pared. En la repisa de la chimenea, Hiram organizó lo que hasta ese momento era la trinidad de su vida: un pequeño ídolo de madera que los gilberteses le dieron a su padre, un tenue retrato de Alfreda y un cerámico incaico proveniente del Perú 126 . Quizá estaba sentado en aquel estudio el 25 de noviembre de 1910, el día posterior al día de Acción de Gracias, cuando abrió una carta que sugería que no todo estaba perdido y que en realidad era el mejor momento posible para regresar al Perú y lanzarse a la búsqueda de Vilcabamba. Venía de la universidad del Cusco, la cual había sido sometida a grandes cambios desde que fuera visitada por Bingham. En mayo de 1909, los cada vez más radicales estudiantes —el apasionado Luis E. Valcárcel entre ellos — exigieron mayor voz estudiantil en la administración universitaria, mejores profesores y menores cobros. Los estudiantes exigieron ser oídos durante una reunión del profesorado, demanda que el rector rechazó, tras lo cual un estudiante anarquista hizo un disparo al aire. Los profesores salieron en estampida a la plaza de armas, donde las mujeres del mercado chillaron que los estudiantes estaban peleando por las únicas tres estudiantes mujeres de la universidad127. Pero era algo de mayor trascendencia: los estudiantes estaba ahora en huelga. El presidente Leguía cerró las puertas de la universidad, pero las volvió a abrir a inicios de 1910 bajo la dirección del hombre sorprendentemente joven que le escribía ahora a Bingham, un economista de veintiséis años natural de Filadelfia llamado Albert Giesecke, quien había impresionado a Leguía cuando le ayudaba a reformar el sistema educativo de Lima. Los estudiantes inicialmente se mostraron desconfiados ante su rector estadounidense; Cusco no era inmune a los rumores de las ambiciones imperiales de Estados Unidos en el hemisferio. Giesecke se los ganó, sin embargo, con nuevos profesores, cursos modernos en periodismo, sociología criminal y zoología, y un estilo agradable 128 . Los estudiantes 98
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