Las tumbas de Macchu Picchu

la raza del sol» apenas se remontaba a la primera mitad del siglo XIX y parecía tener poca relación con las crónicas españolas, que señalaban que el último refugio del Inca había sido Vilcabamba, «pueblo en que el Rey Inga tenia su Corte y sus ejércitos, siendo este el ‘primer templo’» 120 . Las crónicas aseveraban que esta Vilcabamba se encontraba a dos días de viaje de un lugar llamado Puquiura, un pueblo que aún existía en las márgenes de un río llamado Vilcabamba, muy alejado del Cusco. Daba la impresión de que los geógrafos que lo precedieron habían perpetuado la tradición de que Choqquequirau era el último refugio de los incas, porque quizá podría haber sido alcanzado en dos sumamente largos días de viaje desde Puquiura. Eso le resultó a Bingham «cuando menos, un método de inferencia muy indirecto», como si un geógrafo del futuro sentado en su escritorio fuera a declarar que Boston y Washington D.C. eran el mismo lugar simplemente porque no podría haber dos lugares a distancia similar a Nueva York 121 . Bingham concluyó que el nombre de Cuna de Oro era pura ilusión, un nombre maravillosamente florido para una localidad que ahora consideraba haber sido una fortaleza o templo, pero no un refugio de Manco. A pesar de su decepción, la historia de Vilcabamba le resultaba fascinante. Sentía curiosidad por la rebelión de Manco, de quien pensaba que había tenido «demasiada buena sangre roja en las venas como para someterse al tutelaje español» 122 . Nunca había estado muy interesado en los tesoros, pero la historia de una resistencia nativa contra los colonos europeos —que por muy romántica que hubiera sido estaba condenada al fracaso— encendió su imaginación. Además, daba la impresión de que ningún explorador hasta la fecha había encontrado el verdadero último refugio de los incas: aquel lugar llamado Vilcabamba. ¿Y si lo hiciera él? Podría identificar el preciso lugar donde el más grande imperio indígena hizo su última resistencia, e izar la bandera no del Perú, sino de los Estados Unidos y Yale. Era más fácil decirlo que hacerlo, sin embargo. Una mirada rápida a la literatura sugería que el área entre el Cusco y el pueblo de Puquiura estaba repleta de ruinas incaicas que eran conocidas por los lugareños desde hacía años. Además, había competencia. La exploración andina estaba experimentando un boom, y en 1909 un joven etnólogo de Harvard llamado William C. Farabee regresó de su propia expedición a las tierras al norte del Cusco, donde había oído un «rumor de los indios, bastante bien 96

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