Las tumbas de Macchu Picchu

diseños tallados, canales, asientos y protuberancias. El sol pasaba por encima, dejando caer extrañas sombras sobre la piedra, mas no sobre la protegida agua que había debajo. Era la cosmología inca en miniatura, «siendo el principal mocadero [santuario] de aquellas montañas» 116 . Este sosegado culto no duró mucho. Los españoles llegaron persiguiendo al Inca rebelde. Los hombres de Manco destruyeron el puente en Chuquichaca, pero los españoles lo reconstruyeron y avanzaron río arriba. Atacaron Vitcos, saquearon sus templos y llevaron de vuelta al Cusco a veinte mil de los seguidores de Manco, incluyendo a Titu Cusi, su hijo de cinco años. Manco, sin embargo, logró escapar y prosiguió su guerra de guerrillas en las montañas, matando a jinetes españoles y a sus colaboradores. Reconstruyó Vitcos, y a comienzos de 1539 construyó una capital más remota: un lluvioso pero protegido refugio llamado Vilcabamba, la «llanura del sol». Con el apoyo de sus aliados selváticos, Manco hizo de Vilcabamba un lugar donde se disfrutaría de la abundancia de los climas más bajos y desde donde podría planificar su guerra contra los españoles, así como adorar a Punchao, su dorado ícono del sol. Salvado del Cusco, el ícono brillaba a la luz de las antorchas, y en su interior se ocultaban las cenizas de los corazones de los incas. No obstante, Manco no solo estaba fortaleciendo el pasado de los incas; se estaba adaptando al futuro. Acumuló armas españolas, y techó su nuevo palacio con tejas rojas al estilo español. Mantuvo los caminos que llevaban al resto del Perú. Construyó terrazas y hogares para los refugiados que llegarían buscando huir del gobierno español. Que tales refugiados llegaran, sin embargo, seguía siendo incierto. Después de la huida de Manco, los españoles afianzaron su control sobre el antiguo reino de los incas. Consolidaron el Cusco como una ciudad colonial, reemplazando sus quemados techos de paja con tejas rojas y cubriendo de yeso los muros incas de piedra. Los españoles despojaron a Manco de la maskaypacha, la borla imperial, in absentia y proclamaron a su hermano Paullu, colaborador hispanizado, como el legítimo Inca heredero. Los conquistadores intentaron ganarse a los numerosos incas que permanecían en Cusco, garantizando sus privilegios y apelando a sus deseos de comodidad. Viendo cómo era halagado Paullu, algunos incas vistieron ropa española; la mayoría se convirtió públicamente al catolicismo. Otros, no obstante, dirigían sus miradas hacia Vilcabamba, el nuevo hogar del verdadero emperador. Un Inca que resistió las tratativas de los 91

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