Las tumbas de Macchu Picchu

Yucay, la finca de su padre, llena de fértiles campos de maíz. Reflejaba un brillo dorado en el sol, un bello recuerdo del pasado y de todo lo que ahora estaba en juego. Pero si miraba en la dirección contraria, río abajo, podía divisar el lugar donde el río Vilcanota cesaba de fluir tranquilamente en línea recta y empezaba a virar, bajar y volverse tormentoso, convirtiéndose en el violento Urubamba, que tomaba rumbo al noreste hacia las selvas del Amazonas, el Antisuyu. Era una tierra húmeda e inhóspita, cuyos ríos tormentosos, abruptos precipicios y bosques casi impenetrables habían desafiado incluso al gran Pachacútec. Ahí vivían serpientes y jaguares, así como los Antis, las feroces tribus de los llanos que practicaban el canibalismo —al menos según lo que los incas les dijeron a los españoles—. Sin embargo, Pachacútec había incursionado un tanto en la región y había dejado varios complejos de palacios; y además Manco había pasado el año anterior a la llegada de los españoles pacificando tribus selváticas. Desde una de las ciudadelas de Pachacútec, los incas y sus aliados selváticos podrían repeler a los españoles y practicar su religión tal como lo habían hecho antes de la conquista115. Entonces, en 1537, cuando empezaron a converger arcabuceros, jinetes y ballesteros españoles en su ubicación, Manco reunió a sus capitanes y les explicó que se replegarían a la tierra de los Antis, pero que algún día regresarían. Su ejército empezó su éxodo a través del cañón del Urubamba, cuyas paredes se erigían a su alrededor y cuya tupida vegetación atenuaba sus gritos. Después de algunas fintas hacia otros valles, cruzaron el Urubamba en un punto llamado Chuquichaca, a través de un gran puente de cuerda. Viajaron río arriba por un tributario hacia una región repleta de cumbres y jungla. Manco hizo un alto en una cresta donde se encontraba un palacio hecho con bellas piedras blancas, que había sido construido por Pachacútec generaciones atrás. Se llamaba Vitcos. Ahí haría su hogar. En un angosto valle verde adyacente había un templo del sol que contenía un santuario llamado Yurak Rumi, una enorme roca que se cernía sobre un frío y oscuro manantial. Los incas adoraban al sol y a su personificación en el emperador Inca, pero la religión andina estaba repleta de huacas y apus, que eran santuarios y espíritus de agua y piedra, respectivamente. Lugares como Yurak Rumi, donde se encontraban los tres elementos, eran especialmente poderosos. Con siete metros y medio de altura, nueve metros de ancho y 15,8 metros de largo, el santuario estaba cubierto de 90

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