convencieron aun más de la necesidad de rebelarse. Cuando los indios de todo el imperio empezaron a matar a los españoles, Manco partió del Cusco con la excusa de que iría a traerles a los Pizarro un ídolo de oro del tamaño de un hombre. En vez de ello, se reunió con su ejército. Para la Pascua de 1536, convergieron sobre el Cusco unos 100 000 a 200 000 aliados de los incas. Había tantos que «de día pareçía un paño negro que los tenía tapados todos media legua alrededor desta ciudad del Cusco», escribió Pedro Pizarro. «[D]e noche eran tantos los fuegos que pareçía un cielo muy sereno lleno de estrellas» 113 . Aquellas cien mil estrellas empezaron a gritar, aterrorizando a los 170 españoles y miles de aliados nativos que permanecían en el Cusco. La gran rebelión inca había empezado. Los soldados inca atacaron, desatando una tormenta de piedras cubiertas de brea sobre los techos del Cusco. La ciudad empezó a incendiarse y los españoles se refugiaron en la capilla de la plaza principal de la ciudad. Aislados de Lima, la recientemente fundada capital —que también estaba bajo ataque—, no podrían recibir refuerzos por varios meses, así que los españoles aprovecharon sus ventajas: lanzaron un ataque desesperado y audaz hacia un punto clave en el asedio impuesto por los incas, los enormes muros y torres de la fortaleza sagrada de Sacsayhuamán. Después de tres días de lucha encarnizada con hachas, espadas y garrotes, fueron los incas quienes debieron buscar refuerzos. Buscando reagruparse, Manco se replegó hacia el norte del Cusco y se fortificó en Ollantaytambo. Este era un asentamiento monolítico ubicado en una pendiente, el cual había sido fundado por Pachacútec, el gran constructor del imperio. Manco reclutó arqueros entre sus aliados selváticos. Cuando se aproximaron los españoles, les llovieron flechas y piedras desde las alturas. Los hispánicos vacilaron, lo cual fue aprovechado por los indios, quienes se lanzaron al llano. «Y era tanta la gente que venâ sobre nosotros que no cabían en las sierras ni campos» 114 . Manco mismo lideró el ataque a caballo, y desató su arma secreta: el río Patacancha, que había sido redirigido por los ingenieros del Inca para inundar el llano. Los caballos de los españoles fueron inmovilizados y sus jinetes huyeron. Manco había ganado la batalla, pero expulsar a los españoles del Perú ya resultaba imposible. Tenía que tomar una decisión. Desde los puntos más altos de Ollantaytambo, Manco podía dirigir la mirada río arriba, hacia 89
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