Las tumbas de Macchu Picchu

de un pueblo con el cual algunos andinos aún se identificaban, que vivían en sus historias, a quienes creían que podrían ver algún día en el siguiente mundo. Los indios quizá sintieron el mismo dolor e indignación y, quizás, el mismo temor que los padres de Hiram sintieron medio siglo atrás cuando encontraron los huesos de su primer hijo desenterrados y esparcidos por la arena. Hiram, sin embargo, había roto esos tabúes hacía tiempo, cuando desenterró a su abuela y la llevó a New Haven. Consultó su confiable ejemplar de Hints to Travelers: «Cuando sea práctico, esqueletos, y especialmente cráneos, de los nativos deberían ser enviados a la civilización para ser examinados con precisión», rezaba. «Qué tanto se pueda hacer, esto depende mucho de cómo se sientan los lugareños; ya que mientras algunas tribus no se oponen a la remoción de huesos, especialmente cuando no son de sus parientes, en otras comarcas no vale la pena exponerse la ira de los nativos por la sustracción de los muertos, un sentimiento que no se debe tan solo a afecto o respeto, sino más que nada al terror que sienten por la venganza de los fantasmas cuyas reliquias hubieran sido perturbadas»108. Ya que con la presencia del teniente Cáceres no tenía que preocuparse de la venganza de fantasmas o peones, Bingham decidió meter en su saco los tres cráneos más sólidos que encontrara. Los llevaría consigo de vuelta a los Estados Unidos y los usaría como herramientas de enseñanza en sus clases; después se los ofrecería al museo de Yale, el Peabody. En su anterior viaje a Sudamérica, Hiram Bingham había recolectado libros para Harvard. Yale merecía algo mejor: cráneos y huesos provenientes de la ciudad perdida de los incas. Hiram sacudió el polvo de sus rodillas, disfrutando la sensación. Antes de visitar Cusco y Choqquequirau, nunca había imaginado estudiar —o coleccionar— el aspecto corpóreo de la historia de la América indígena. Todo ello había cambiado. Cuando Hiram regresó a Abancay, le escribió a su esposa que aquel pueblo de montaña donde las princesas inca se habían refugiado durante la conquista era «el lugar más interesante que he visto» 109 . Más adelante, en Estados Unidos, le dijo al New York Herald que él y Hay habían sido los primeros extranjeros en visitar la «ciudad perdida de los incas». Sus ancestros peregrinos habían venido a América para construir «una ciudad resplandeciente en una colina»; sus abuelos habían navegado a Hawái para llevar dicha ciudad a los «paganos». Invirtiendo esa tradición, los peruanos le habían mostrado a Hiram 84

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