Las tumbas de Macchu Picchu

compararlos con los de los blancos. Los orígenes de la arqueología en las Américas eran similarmente perturbadores. Los académicos de fines del siglo XIX veían a los indios como una raza moribunda y no tenían escrúpulos en pagar por tumbas saqueadas, de manera similar a los estudiantes de medicina que pagaban a los «resurreccionistas» por robar cadáveres. Durante las guerras contra los indios, el ejército estadounidense ocasionalmente recolectaba los cuerpos de los indios que había masacrado, les sacaban la carne y mandaban los restos a los museos de la costa este del país 107 . En parte trofeos imperiales, en parte especímenes de museo, los blancos usaban los restos para hacerse preguntas profundamente racistas pero disfrazadas de ciencia: ¿probaban los cráneos indígenas que los europeos eran superiores? Otras preguntas eran más defendibles, aunque no menos políticas en sus implicancias: ¿cuánto tiempo habían vivido los indígenas en América antes de la llegada de los españoles? ¿Dos mil años? ¿Seis mil? ¿Veinticinco mil? Los académicos creían que si tan solo se pudieran encontrar los cráneos apropiados en el contexto apropiado, podrían determinar la antigüedad del hombre en América. Bingham no era arqueólogo, y los huesos de Choqquequirau no resolverían tal misterio, pero tan solo toparse con tales preguntas le emocionaba profundamente. Entró a hurtadillas en las cuevas y empezó a extraer fémures, vértebras, cráneos y huesos. Los volteó en su mano y probó su solidez. Los apretó. Algunos «se desmoronaban con los dedos y se rompían fácilmente», anotó. «Algunos cráneos estaban similarmente decaídos y podían ser fácilmente aplastados con los dedos». Esto no era particularmente científico, y para los peruanos nativos que lo observaban, resultaba manifiestamente sórdido. «Los porteadores indígenas [quechuas] y trabajadores observaban nuestras operaciones con interés, pero se asustaron positivamente cuando empezamos la cuidadosa medición y examen de los huesos», escribió Bingham después. «Hasta ese momento habían tenido dudas respecto del objetivo de nuestra expedición, pero todas las dudas se desvanecieron y concluyeron que habíamos venido a hacer una comunión con los espíritus de los incas difuntos». Los indígenas ya habían visto a los soldados peruanos excavar en busca de tesoros, pero Bingham y Hay eran diferentes. Estos norteamericanos estaban interesados en los huesos mismos. Momias ancestrales, o mallquis, habían sido alguna vez objetos de veneración por sus descendientes, la «fuente última de comida, agua y tierra agrícola». Perturbarlos podría traer grandes desgracias en la vida o tierra de uno. Estos eran los últimos restos 83

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