Las tumbas de Macchu Picchu

aludían a transiciones espirituales y alguna vez albergaron íconos religiosos106. Tan solo una fracción del sitio estaba despejada, pero Bingham estaba dispuesto a especular en base a lo que veía. Se preguntaba si una «curiosa y pequeña estructura construida con mucho cuidado y con muchos nichos y rincones… pudo servir para aprisionar a las llamadas “vírgenes del sol” o si fue el lugar donde los criminales destinados a ser arrojados por el precipicio, según las leyes de los incas, aguardaban su destino». Si Núñez creyó que Hiram y Hay encontrarían tesoros, terminaría decepcionado. Estaba claro que Choqquequirau había sido saqueado hacía mucho tiempo. Antes de que los hombres de Núñez usaran dinamita, visitantes habían destrozado paredes y nichos con picos. Si alguna vez hubo algo de valor en la cuna de oro, para entonces ya había desaparecido. Pero los instintos de coleccionista de Bingham —de auspiciadores, hijos y libros— le atribuían valor hasta al objeto más humilde. En un nicho encontró un pequeño carrete de piedra del tipo que los nativos andinos aún usaban para hilar. En el piso, encontró una piedra de martillo redonda y tan grande como un puño, como si un trabajador acabara de irse del trabajo. Los metales preciosos eran glamorosos, pero estos objetos mostraban cómo la gente de Choqquequirau vivía y trabajaba. Ambos fueron a parar a su saco. Finalmente, en la jungla ubicada bajo las terrazas, los peruanos le mostraron a los estadounidenses el verdadero tesoro de la cuna de oro: los lugares de descanso eterno de los muertos. Los incas momificaban a sus emperadores y los movían de un lado al otro como si estuvieran vivos. Los sirvientes más humildes —los hombres y mujeres que construyeron y mantuvieron Choqquequirau— estaban enterrados bajo grandes piedras en pequeñas cuevas. Los trabajadores de Núñez ya habían abierto una docena de estas tumbas y encontraron poco más que huesos. En una cueva, sin embargo, emparedada tras piedras en forma de cuña hasta que llegara Bingham, el explorador encontró una pequeña jarra hecha de loza de barro, con tan solo una pulgada de diámetro. Carecía de mangos, y su apertura tenía una tapa perforada. Estaba vacía pero todavía en pie, pues no había sido perturbada por siglos. Esto también terminó en el saco de Bingham. Bingham estaba más emocionado por los huesos. Creyendo que la teoría de la evolución podía ser aplicada a conceptos de raza, académicos norteamericanos y europeos habían pasado el último medio siglo construyendo enormes colecciones de esqueletos de nativos para 82

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