muros y trepaban desvencijadas escaleras. «La mayor parte del tiempo nos sujetábamos del lado de la montaña prácticamente tan solo con nuestros párpados», Bingham relató después al New York Herald105 . El peligro hizo más intensa la experiencia. Estando a 3350 metros sobre el nivel del mar, quedaron en trance. «En ninguna parte he visto tanta belleza y grandeza como ahí», escribió Bingham. «Un blanco torrente rugía a través del cañón a 1800 metros por debajo de nosotros. Cuando las laderas no eran tan empinadas como para que no creciera vegetación, estaban cubiertas de verde follaje y exuberantes flores. Las laderas de las montañas cercanas ascendían 1800 metros más hasta llegar a los glaciares y picos nevados del Salcantay y el Soray. A la distancia, hasta donde podíamos ver, un laberinto de cerros, valles, selva tropical y picos nevados capturaban nuestra imaginación como si nos hubieran hechizado. Tal fue nuestra recompensa cuando llegamos al punto más alto y yacíamos jadeantes al costado del angosto camino». Bingham y Hay se adelantaron, entusiasmados con la idea de llegar a las ruinas antes que sus guías. Cuando las divisaron, era como si se hubiera arrancado súbitamente un velo. A la distancia, unos 300 metros más abajo, había unas cuantas construcciones despejadas en el collado de una cadena. Hacia el norte, la cadena ascendía hacia glaciares y picos no visibles. Hacia el sur, la cadena ascendía y se aplanaba, para súbitamente descender al Apurímac. Hiram y Hay aceleraron el paso, y el camino los llevó a una larga terraza agrícola inca, cubierta de pequeños árboles y maleza densa y húmeda. Había terrazas o andenes —el ingenioso método que utilizaran los antiguos andinos para convertir empinadas montañas en tierra agrícola — hacia arriba y hacia abajo. Entraron a las ruinas mismas, y en la plaza central aguardaron a que el resto de la partida les diera el alcance. Mientras lo hacían, un cóndor andino, el ave voladora más grande de América, bajó para «investigar a los invasores de su dominio». Sus alas, aseveró Bingham, medían tres metros de punta a punta. El cóndor se acercó a doce metros de distancia, y de ahí se alejó con sus largas y desgreñadas plumas negras. Castillo y el teniente Cáceres finalmente llegaron, y los dos estadounidenses y dos peruanos vieron al sol ponerse tras las cimas nubosas y los dobleces de los Andes. A su alrededor, los muros incas, mantenidos en pie por la naturaleza y cubiertos en lianas resplandecían intensamente, como si fueran piedras de hogaza de un imperio muerto que resucitaban al atardecer. Una apropiada bienvenida a la cuna de oro. 80
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