Halagado, Bingham cedió. Habría parecido malagradecido si rechazaba tal atención. De parecerse Choqquequirau al Cusco, el ser el primer extranjero en visitarlo resultaría muy prestigioso. Aquella noche, en la cena, Bingham examinó un mazo inca que los terratenientes proclamaban que era de oro puro. Bingham creía que era de bronce, pero al levantarlo le hizo recordar Hawái, donde mazos de madera similares eran usados para batir tapa, la oscura tela de corteza del Pacífico. ¿Estaba cerrando un ciclo completo? Según una escritora, lo compró inmediatamente 104 . La expedición partió a lomo de mula dos días después; sentían un poco de resaca, pero estaban listos para la aventura. El teniente Cáceres guiaba, seguido de Castillo, su mano derecha, y los entusiasmados estadounidenses. Un grupo de indios seguían a pie. Una vez que cruzaran el río, cargarían la comida y pertrechos de los estadounidenses. Reclutados por Cáceres, se les pagaba una miseria y se les podía mandar a la cárcel si se rehusaban a cumplir. Bingham y Hay tomaron nota del destino de los indios —siendo abstemios, les irritaba particularmente que los indios tuvieran que cargar la cerveza de los peruanos de élite— pero no dijeron mucho al respecto. Se enfocaron más bien en los «pantanos casi imposibles de cruzar, torrentes feroces, avalanchas de rocas y árboles». Al final del primer día, empezaron a descender hacia el Apurímac siguiendo un camino angosto y retorcido. Una avalancha había matado a un par de mulas ahí hacía un par de semanas. Cáceres intentó hacer un alto antes del anochecer, pero Bingham y Hay querían llegar al río. Cáceres suspiró. «Todo lo que queda es camino llano», dijo, inexpresivamente, y los guió por la parte más empinada, con curvas cerradas cada seis metros. La mula de Bingham perdió su camino en la oscuridad. Cuando empezó a temblar, Bingham se percató de que el animal se había desviado al filo del precipicio. Hicieron avanzar sus mulas entre las tinieblas, cruzando una pequeña cascada, con la voz de Cáceres como su única guía. A la mañana siguiente, 7 de febrero de 1909, cruzaron el río sin las mulas y empezaron a subir los 1800 metros hacia las ruinas. Mientras más ascendían los estadounidenses, menos necesitaban las arengas de «¡valor!» de Cáceres. La subida fue asombrosa, un camino zigzagueante que ofrecía cada vez más imponentes vistas de las pedregosas cimas andinas y del Apurímac, cuyo rugido se atenuaba pero nunca desaparecía. El camino era tan empinado que a veces debían ir a gatas. Cruzaban pequeños riachuelos bajo cascadas, balanceándose en troncos resbaladizos. Se aferraban a 79
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